Si tenés entre 30 y 45 años es probable que te sientas identificado con un fenómeno que ocurre no solo en Argentina, sino también en gran parte del mundo: el rompimiento del pacto meritocrático.
El pacto meritocrático que prometía estabilidad y ascenso social se ha roto. Hoy, muchos enfrentan un panorama laboral incierto pese a sus esfuerzos y formación académica. Las reglas han cambiado.

Si tenés entre 30 y 45 años es probable que te sientas identificado con un fenómeno que ocurre no solo en Argentina, sino también en gran parte del mundo: el rompimiento del pacto meritocrático.
Esto es, somos parte de una generación a la que le enseñaron que estudiar, trabajar duro y formarse constantemente nos daría una ventaja a futuro; una especie de seguro para alcanzar una calidad de vida compatible con nuestras expectativas.
Durante décadas, el pacto meritocrático parecía sencillo: quien se esforzaba, estudiaba una carrera y trabajaba con dedicación podía aspirar a cierta estabilidad económica y movilidad social. Sin embargo, cada vez más personas de nuestra generación sienten que ese acuerdo implícito se rompió.
Esto no significa que el mérito haya desaparecido. Significa que las reglas sobre qué se considera mérito cambiaron profundamente. Diversos investigadores han intentado comprender este fenómeno.
El filósofo Michael Sandel sostiene que la meritocracia moderna puede convertirse en una trampa porque no solo genera desigualdad, sino que además lleva a quienes tienen éxito a atribuirlo exclusivamente a su esfuerzo, mientras quienes quedan rezagados tienden a responsabilizarse individualmente por una situación que responde en gran parte a factores culturales y socioeconómicos que le son ajenos.
En este contexto, los millennials (nacidos entre 1981 y 1996) enfrentamos una paradoja inédita: somos una de las generaciones más educadas de la historia y, aun así, muchos corremos el riesgo de alcanzar una calidad de vida inferior a la que tuvieron nuestros padres. Esto no es un dato menor.
Para una parte importante de la clase media que está formada por personas de entre 30 y 45 años, acceder a una vivienda propia o incluso a determinados bienes durables como un vehículo motorizado parece cada vez más difícil.
En Argentina, además, este fenómeno se ve agravado por factores locales como la inflación persistente, la inestabilidad económica y la dificultad para acceder a créditos con tasas de financiación accesibles. Al mismo tiempo, el mercado laboral también cambió.
Estamos atravesando una transición desde una economía basada en credenciales institucionales (títulos universitarios, carreras corporativas y trayectorias profesionales relativamente previsibles) hacia otra donde adquieren cada vez más valor las habilidades altamente específicas, la capacidad de resolver problemas inmediatos y, en muchos casos, la captura de la atención en plataformas digitales.
Autores como Nick Srnicek han explicado cómo buena parte de la economía contemporánea se organiza alrededor de plataformas que extraen valor de los datos y de la atención de los usuarios.
En ese contexto, ciertos perfiles profesionales (influencers, creadores de contenido, deportistas de alto rendimiento) pueden escalar su impacto a niveles antes impensados. Mientras tanto, profesiones tradicionales como la docencia, la medicina o muchas actividades científicas continúan dependiendo en gran medida del tiempo humano disponible, lo que limita su capacidad de expansión económica.
Este cambio también obliga a revisar algunas ideas clásicas. "La teoría del capital humano" de Gary Becker (año 1964) planteaba que una mayor educación formal tendía a traducirse en mayores ingresos a lo largo de la vida.
Aunque esa relación sigue existiendo en términos generales, diversos estudios más actuales sugieren que los retornos económicos asociados a determinados títulos universitarios ya no crecen con la misma fuerza que en décadas anteriores.
Especialmente cuando se los compara con ciertas habilidades técnicas muy demandadas (minería de datos, programación, etc.) o con actividades vinculadas a las plataformas digitales (marketing, creadores de contenido digital, etc.).
Por otra parte, si observamos a las generaciones más jóvenes (menores de 30 años), informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y de distintas consultoras internacionales de empleo muestran que este grupo registra elevados niveles de informalidad, empleo precario y dificultades de inserción laboral.
En Argentina, estudios del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA) y diversos informes sobre educación y mercado laboral señalan que completar estudios superiores ya no garantiza, por sí solo, una inserción laboral estable ni un acceso automático a la clase media.
Entre las causas se menciona la denominada "inflación de credenciales", es decir, una creciente cantidad de graduados compitiendo por un número relativamente limitado de puestos altamente calificados, junto con un mercado laboral que genera menos empleo de calidad que décadas atrás.
En paralelo, encuestas internacionales realizadas por consultoras como Adecco y Manpower Group muestran que las carreras universitarias tradicionales de cinco o seis años han perdido parte de su atractivo relativo frente a carreras cortas, microcredenciales y programas de formación en competencias específicas como análisis de datos o marketing digital que permiten una inserción laboral más rápida y una actualización continua de conocimientos.
En este contexto, muchos jóvenes parecen priorizar comenzar a trabajar a edades más tempranas y continuar capacitándose a lo largo de su vida laboral. Los jóvenes de hoy están creciendo en un contexto distinto al nuestro; ya que entendieron que el mercado actual premia la velocidad, la flexibilidad y las habilidades prácticas por encima de los largos procesos de la academia tradicional.
Pero para los millennials que venimos con un chip anterior, todo esto, conlleva a la frustración de una clase media altamente formada que percibe que su esfuerzo no genera los resultados esperados en lo que respecta a una mejor calidad de vida.
A esta transformación que está ocurriendo de forma acelerada, se le suma la irrupción de las inteligencias artificiales (IA). Si durante décadas la automatización afectó principalmente tareas manuales o repetitivas, hoy comienza a impactar también sobre actividades asociadas al trabajo intelectual.
Muchas habilidades que requerían años de entrenamiento pueden ser asistidas o parcialmente automatizadas por sistemas capaces de producir texto, analizar datos o generar código informático en cuestión de segundos.
Sería exagerado afirmar que la educación perdió valor o que las profesiones tradicionales están condenadas a desaparecer. Pero sí parece evidente que la IA también está modificando el valor económico de determinadas competencias y obligando a millones de trabajadores a adaptarse más rápido de lo que esperaban.
Hoy la movilidad social está estancada; y en muchos casos, la diferencia entre el éxito y el estancamiento de dos profesionales igualmente formados no radica en sus horas de desvelo, sino en el punto de partida.
Poseer una base patrimonial heredada (un techo propio, un capital inicial sin deuda) se ha transformado en el único amortiguador real contra la incertidumbre, dejando al mérito puro y exclusivo en una situación de total desamparo. El impacto de todo este cortocircuito es también profundamente psicológico.
Muchos de nosotros construimos nuestra identidad alrededor de una profesión, un título o una trayectoria laboral. Cuando el mercado comienza a valorar de forma diferente aquello en lo que invertimos años de esfuerzo, aparece una sensación de pérdida de control, incertidumbre y vulnerabilidad.
Sentirte frustrado a los 40 y tantos no necesariamente es un fracaso personal. Es en gran parte, un síntoma colectivo de una generación que intenta procesar el duelo por un futuro que imaginó de una manera y encontró de otra.
Con este panorama, quizás el nuevo mérito ya no consista en acumular títulos con la sola expectativa de asegurar un estatus económico, sino en entender que la formación académica no es el destino final, sino el entrenamiento mental para lo que viene.
El valor de esos años de estudio no se destruye porque el mercado laboral cambie; se transforma en la base que nos permite conservar la capacidad de aprender, adaptarnos y reinventarnos.
Al final, nuestro verdadero valor ya no depende solo de un diploma colgado en la pared, sino en la posibilidad permanente de seguir construyéndonos a nosotros mismos frente a las reglas de un mercado laboral que se reescribe todos los días.
El autor es doctor en Ciencias Biológicas e investigador del Conicet. La ilustración conceptual que acompaña el escrito, generada mediante IA, está basada en una idea original suya.
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