Pellegrini (Chambéry, 1800 – Buenos Aires, 1875), padre del futuro y homónimo presidente de la Nación, fue un ingeniero saboyano (con estudios en la Universidad de Turín y la Escuela Politécnica de París) que llegó al país en 1828, se afincó en Buenos Aires y comenzó a trabajar en el Departamento de Ingenieros Hidráulicos. Tiempo después, cuando este organismo fue desarmado, Pellegrini decidió seguir los pasos del suizo César Hipólito Bacle, y abrió un taller litográfico de buen suceso, con la impresión de estampas urbanas y costumbristas a las que pronto agregó la realización de numerosos retratos que, con un esquema casi industrial, serializó las imágenes de buena parte de la burguesía de la época. De su mano, según un minucioso estudio pictórico e historiográfico sintetizado por la Lic. Geraldhyne G. Fernández en un artículo, es el retrato de Manuela Puig Troncoso de Echagüe (en algún momento atribuido a Pueyrredón), que posee el Museo. También lo es el de Josefa Rodríguez del Fresno de López, perteneciente al frontero Museo del Convento de San Francisco. Ambos fueron pintados por Pellegrini en 1830, cumpliendo un encargo de Juan Manuel de Rosas para sus compañeros del Partido Federal, y respectivos maridos de las retratadas. Los ropajes, con sus transparencias, los cintos altos y sus hebillas, los peinados y mantillas, los tocados de flores, los aros y collares de perlas con sus vueltas, ponen de manifiesto un compartido repertorio icónico que se extiende a las carnaciones propias de la paleta de Pellegrini. Ambas obras son representativas de la estandarización artística lograda por el saboyano en los albores del retrato en nuestras tierras.