Emblema mayor de esa tendencia en Inglaterra es el monumental palacio de Westminster (1840-1860), sede del parlamento del Reino Unido en Londres, junto al río Támesis. La obra combina el planteo clásico de Charles Barry, con su diseño horizontal y simétrico, y los fervores neogóticos del joven Augustus Pugin, su colaborador, impresos en verticales torres, pináculos y cresterías, conjunto erigido en el solar de un precedente edificio medieval destruido en gran parte por un incendio en 1834. Pugin, un cristiano convencido, sostenía que la arquitectura gótica había sido el producto de una sociedad más pura. Y esa es una clave para comprender la resistencia de sectores religiosos ante los avances de la industria y la ciencia que, con sus novedades, impactaban sobre arraigadas creencias de la feligresía. No es casual que, en Nueva York, potente expresión de la modernidad cosmopolita, se levantaran, entre otras, dos formidables iglesias neogóticas: la católica de San Patricio, en la Quinta Avenida, y la anglicana de San Juan el Divino, frente a la Av. Amsterdam, en las proximidades de la Universidad de Columbia.