Oí hablar de Jorge Mario Bergoglio en el año 1986, cuando cursaba mi cuarto año en el Colegio Inmaculada; y lo conocí en el año 1989, cuando con un amigo nos acercamos con admiración a saludarlo, estando él en un confesionario de la Iglesia del Salvador de los jesuitas en Buenos Aires. Ya en ese tiempo, y luego de haber sido provincial de los jesuitas (1973-1979) y rector del Colegio Máximo (Facultades de Filosofía y Teología entre 1979-1985), despertaba la admiración y el reconocimiento de muchos. Un hombre de fe con grandes convicciones, y con capacidad y preparación para asumir las Misiones más importantes; algo que se fue acentuando desde el momento que fue designado obispo Auxiliar de Buenos Aires en el año 1992.

































