"Hay instantes en que lo real se dobla, y el alma puede caminar por el borde de otro mundo"
En un rincón del territorio boliviano, una experiencia mística transforma la percepción del tiempo y el espacio, conectando almas a través de una danza ancestral.

"Hay instantes en que lo real se dobla, y el alma puede caminar por el borde de otro mundo"
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Fue en el Tiahuanaco, Bolivia. Pero decir "fue" es una traición leve: no sé si fue un hecho o una aparición. Tampoco sé si caminaba o si ya estaba allí desde antes, como si ese tramo del altiplano me hubiese estado esperando desde otros siglos. La tierra crujía bajo mis pasos. El viento no soplaba: hablaba.
Y fue ahí, en un pequeño caserío de adobe y eternidad, que vi la ronda. Mujeres de polleras anchas, de tejidos que cargaban constelaciones. No vestían: eran la historia. Llevaban sombreros bombín como coronas invertidas y joyas de plata antigua que no brillaban: relampagueaban silencios.
No sé si eran mujeres o custodias del tiempo. Pero me invitaron a bailar. La música -si acaso lo era- salía de flautas de hueso y viento, de una melodía sin partitura que parecía brotar del suelo mismo. Nos tomamos de las manos, y en círculo empezamos a girar. Pero no bailábamos: levitábamos.
Entre las polleras danzantes y el aliento gélido de los cerros, sentí que el alma me ascendía. Y cuando quise buscar mi cuerpo, lo hallé suspendido entre el tambor del cielo y el tambor del pecho. Flotábamos. O tal vez soñaba. Pero si era un sueño, jamás quise despertar.
La noche cayó como caen los velos en una ceremonia sagrada. Y entonces el frío -ese Dios invisible de los Andes- empezó a cubrir cada rincón. Nos reunimos alrededor de una gran llama de fuego. La primera. La que alguna vez encendió el hombre cuando aún no tenía nombre.
Alguien trajo una pipa. O quizás un cántaro de humo. Tenía casi dos metros. Era blanca, porosa, como tallada en hueso de llama y tiempo. La compartimos como si fuéramos una sola boca, una sola historia. El humo olía a yuyos desconocidos y a infancia perdida. Cada bocanada era un puente hacia otro mundo. Nos reíamos sin ruido, pero con el corazón abierto.
Por un instante -y digo esto con temblor- sentí que nuestras almas estaban soldadas. Cuando el alba asomó como un respiro en la piel helada del mundo, supe que debía partir. Me despedí con una reverencia, no por costumbre, sino por respeto. Seguí mi camino hacia Copacabana. Allí donde nació el rey sol, el primer Inca.
Pero yo ya había nacido de nuevo la noche anterior. En la ronda. En la pipa. En el viento. En el fuego. En el alma compartida de los que aún bailan como si el mundo fuera sagrado.




