La tarde estaba fría pero el resplandor del sol me dio ánimos para poner las manos en el barro. Aún faltaba mucho para terminar la casa y mi maternidad había frenado bastante la construcción. El esqueleto de madera, el techo y los pisos, habían sido responsabilidad de mi marido y completar la estructura con diferentes técnicas que fuimos adoptando para levantar las paredes, se convirtió en mi tarea cotidiana. Descubrí que estar en contacto con la tierra era muy terapéutico y mientras sostenía entre los dedos la mezcla pastosa reflexionaba sobre vivencias pasadas y heridas que no terminaban de cerrar. Cada tanto, me asomaba a la habitación contigua donde mi hija de casi dos años miraba dibujitos sentada en un diminuto sillón rojo, regalo de su abuela.


































