Confesémoslo. Se llega a la capital del país y se está cerca de "la provincia"; el resto es lejos, es el interior. No entender esta deformación es olvidar la construcción del país. Una nota a Julio María Sanguinetti, realizada hace pocos días en el semanario Perfil por el señor Fontevecchia es tan ilustrativa que aconsejo leerla (…"la historia da la respuesta. Nosotros fuimos parte de un problema que aún existe en la Argentina: la dificultad de vertebrar las instituciones políticas con las sociales. Una sociedad tan evolucionada como la argentina que, sin embargo, en su institucionalidad política siempre adolece de un rezago frente a lo creativo y bullente, de individualidades brillantes del país. A veces digo que Uruguay y Argentina nos parecemos mucho, pero estaríamos cambiados. Tenemos más institucionalidad; la Argentina, un poco menos. La sociedad argentina tiene una gran creatividad; la nuestra es más quieta, espera más que el Estado haga las cosas. Es un resultado de la historia. Cuando se derrumba el imperio español y quedamos los virreinatos y las gobernaciones a nuestro aire, como dicen en España, Buenos Aires se asumió heredera del Virreinato del Río de la Plata, que había nacido en 1776, no hacía mucho. Fue un Virreinato muy tardío y militar, fundamentalmente, para cuidar la frontera con Portugal. Paraguay se independizó, el Alto Perú se independizó, las provincias del litoral y la nuestra se constituyen de algún modo en homólogas. El Uruguay, lo que hoy es Uruguay, todavía no era provincia. En realidad, era Montevideo y luego un territorio disperso que en el norte incluso dependía de Yapeyú, la ciudad de donde es originario José de San Martín. Nuestra modalidad de revolución fue institucionalista siempre. Y ahí es donde vienen el divorcio y el problema, digamos…").