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Martiniano López

Crónica de un hombre donde el mapa se termina (Parte II)

Tras un accidente que casi le cuesta la vida, nuestro protagonista decide volver a su tierra y su casa, reafirmando que el sentido de pertenencia trasciende la comodidad.

Crónica de un hombre donde el mapa se termina (Parte II)Crónica de un hombre donde el mapa se termina (Parte II)

Sábado 29.11.2025
 12:48
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

La cirugía de don Martiniano López fue un éxito. No un éxito de esos que se festejan con aplausos, sino un éxito de esos silenciosos, que se miden en milímetros de hueso alineado, en tornillos que sujetan, en cicatrices que se irán cerrando de adentro hacia afuera. Reconstruyeron su cadera, su fémur, su tibia, su peroné.

Lo estabilizaron. Lo dejaron entero otra vez, aunque esa palabra no le haga justicia a un cuerpo que ya nunca será el mismo. Cuatro meses de reposo se abrieron frente a él como un horizonte íntimo. Cuatro meses de yeso, de no poder moverse solo, de aprender a pedir ayuda sin bajar la cabeza.

Cuatro meses de estar siempre en la cama, girando apenas, soportando el dolor que cambia de sitio pero no desaparece. Cuatro meses de noches larguísimas, de luces frías, de ruidos de pasillo, de gritos ajenos, de despertarse desorientado y no saber en qué pueblo, en qué ciudad, en qué cama está.

Y, sin embargo, en medio de esa fragilidad absoluta, vi algo que me conmovió: la fuerza de las personas buenas que lo rodearon. Su patrón -al que nunca vi lucir traje ni dar discursos, pero cuya presencia se notaba en cada cosa que se hacía- no lo dejó tirado. No miró para otro lado, no se desentendió de la situación ni la redujo a un “tema del seguro”.

Estuvo. Pagó los traslados, acompañó en las decisiones, se ocupó de que no faltara nada esencial. Lo visitó. Preguntó. Escuchó. Permaneció cuando hubiera sido fácil desaparecer detrás de alguna excusa. Ver eso, en estos tiempos en los que la palabra “patrón” suele llegar cargada de sospechas, me devolvió una cuota de confianza en la humanidad.

No todos son así, lo sé. Pero algunos sí. Y a veces uno necesita ver a esos “algunos” para no terminar creyendo que el mundo entero está roto. No fue el único gesto. Un día apareció una señora que lo conocía de Santa Fe. Llegó como llegan las personas que saben que lo importante no es hacer ruido: en silencio, con una bolsa de pan, unos billetes doblados, un pequeño sobre.

Le llevó dinero. No preguntó si lo necesitaba; lo dio por hecho. Él la miró con esa mezcla de vergüenza y gratitud que sólo tienen los que nunca han pedido nada y, sin embargo, aceptan. Ese momento duró segundos y al mismo tiempo fue infinito: uno podía ver, en ese intercambio, una red invisible de afectos, de favores viejos, de memorias compartidas que nadie estaba detallando.

La señora que lo cuida todos los días -lo levanta un poco, le acomoda la almohada, le cambia la chata, lo limpia, le alcanza el agua, lo arropa cuando refresca- me contó una anécdota que lo pinta de cuerpo entero. Un día, mientras charlaban, él le insistió para que le fuera a jugar al Quini 6. Casi que la empujó a que saliera un rato, a que dejara el sanatorio y fuera hasta la agencia.

- Si gano (me dijo) me hacés una casa en el campo, con agua sin sal. Una casa linda, con tanque, con galería.

Yo sonreí. Pensé que estaba delirando o que quería hacer un chiste. Pero lo decía en serio. En su cabeza, la manera de agradecer era esa: desear una vida mejor, una casa distinta, un futuro menos duro. No fantaseaba con ganarse él la lotería, con irse a vivir a la ciudad, con abandonar todo. Fantaseaba con vivir un poco mejor.

Yo, que escuché la historia y la vi entrar a la habitación luego de jugar ese número improbable, no pude evitar preguntarle a él en voz alta:

- ¿Y vos, Martiniano? Si pudieras, ¿no te irías del campo? ¿No te gustaría una casa con agua dulce, sin bichos, sin molino que pueda tirarte de nuevo?

Se quedó callado un rato. Miró hacia la ventana de la pieza. Desde allí no se veían ni molinos ni casillas; se veían apenas edificios, autos, un pedazo de cielo apurado. Respiró hondo. Su respiración sonó a viento viejo.

- No, patrón (me dijo al fin). Ese es mi lugar en el mundo. Ahí está mi vida. Ahí se quién soy.

No lo dudó. No lo adornó. No intentó convencerme. Sólo lo afirmó. Y en esa frase breve había algo definitivo: hay gente que no busca la comodidad; busca el sentido. Para nosotros, desde la ciudad, puede parecer una locura querer volver a una casilla de chapa, a un agua salada, a un pan duro y a bichos de todos los colores. Para él sería una locura no hacerlo.

A veces, para algunos, el mundo entero se reduce a un pedazo de tierra donde la memoria hace nido. Para Martiniano, ese pedazo de tierra está a metros de Pozo Borrado, en una estancia perdida donde ni el diablo, según mi abuelo, se anima a dejar su cola. Pero él sí. Él y Fatiga. El hombre y el perro. El cuidador y el único testigo de su caída.

Lo veo ahí, en la cama de al lado. Veo las cicatrices nuevas, el yeso, los puntos, los moretones amarillos que van cambiando de color como si fueran estaciones. Veo su cara, con las arrugas de siempre, pero ahora con una luz distinta en los ojos. No es la luz de alguien que se salvó. Es la luz de alguien que ya decidió qué hacer con esa salvación: volver.

Volver al mismo lugar donde casi se muere. Volver al molino. Volver a la casilla. Volver al agua salada. Volver a Fatiga. Y mientras lo escucho, mientras lo miro, mientras escribo, entiendo que su historia, expandida, cruda, dramática, poética y profundamente humana, no habla sólo de un accidente en el campo. Habla de otra cosa.Habla de la fidelidad al propio mundo, aunque ese mundo sea hostil.

Habla de la existencia todavía real de personas buenas -un patrón, una señora, una cuidadora, unos paisanos- que sostienen al que se cae. Habla de la obstinación de seguir viviendo cuando todo se rompió. Habla, finalmente, de eso que a veces olvidamos: que hay hombres que no están buscando un cielo mejor, ni una ciudad más cómoda, ni una suerte de catálogo.

Están buscando volver a su pedazo de tierra, a su perro, a su molino, a sus silencios. Volver a su lugar en el mundo, aunque a nosotros nos parezca inentendible. Pozo Borrado seguirá lejos. Tal vez el diablo siga sin animarse a llegar. Pero Martiniano sí. Él va a volver.

Y cuando lo haga, en algún punto preciso de ese campo que casi nadie podría ubicar en el mapa, el mundo va a volver a estar, para él, exactamente en su sitio.

La primera parte de esta hitoria fue publicada en la edición del 27 de noviembre de 2025 de El Litoral.

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Rodrigo Agostini
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