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Terra incognita (Por Silvia Schönhals)

Las sutilezas del trazo en Juan L. Ortiz

Las sutilezas del trazo en Juan L. OrtizLas sutilezas del trazo en Juan L. Ortiz

Sábado 26.8.2017
 22:39

Por Silvia Schönhals (1)


Evocar a Juan L. Ortiz supone volver a las raíces, a mi Entre Ríos natal, al río y al paisaje inconfundible de mi provincia, pero, fundamentalmente, a la evocación de un gran poeta, que pese a sus excelencias permanece aún olvidado en el mercado de la cultura argentina, exiliado como poeta regional, como si la región fuera un demérito y no, por el contrario, un sustancial enraizamiento en el lugar de nuestra existencia, un describir desde la propia aldea la vastedad del mundo como ya lo dijera León Tolstói.


En 1957 Juan L. realiza un viaje a países de lo que por entonces se definía como “el bloque socialista” y también a China, y es en esa oportunidad en la que toma contacto directo con la poesía y la cultura del Oriente, las que tuvieran tanta gravitación en la configuración de su discurso.


En sus poemas se trasluce la resonancia de los haikus y tankas, de la pintura china, del kakemono, de las sutiles acuarelas y la estética de los signos escriturales, de los ideogramas, a la vez que se compenetra de su rítmica versal, de su hondura, de su economía y de su espacialización sugerente. Como dice Miguel Brascó “su poesía es elegíaca y suave como el aire de su provincia”. Ecos orientales y sonoridad regional se aúnan. El paisaje natal, identificado fundamentalmente con el río, eje vertebrador de su poesía, se expresa con indagaciones de lo sutil, de lo casi abstracto del arte oriental. Una poesía que rehúye lo concreto y lo sustituye por la sugerencia sustancial. Así la pintura se sirve de la acuarela, de la aguada, de lo más inasible, para diagnosticar lo asible. En este estilo poético -pictórico nos dice Juan L. Ortiz-: “Cuando digo China / es una ramita la que atraviesa, olivamente el aire, / en la punta de un vuelo de nieve, / hacia el viento del día...”.


La estructura poética se concreta en leves trazos, en pinceladas, en un deslizar de la tinta, de su río, “se ve diluida en aras de la suavizada fluencia del decir, y por ello lo sustantivo pierde definición, del mismo modo como en la pintura impresionista el objeto pierde sus contornos, el dibujo se diluye en el modulado del color. No hay un curso en el desarrollo lógico sintáctico del discurso, sino un curso principal y cursos tangenciales, y esa particular articulación evoca la figura sinuosa del río y de sus brazos” (2). El discurso mima al río, se hace prolongado y sinuoso como él.

Como en Heráclito de Éfeso (El oscuro) “no es posible descender dos veces al mismo río, tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado, sino que por el ímpetu y la velocidad de los cambios se dispersa y nuevamente se reúne y viene y desaparece. A quien desciende a los mismos ríos le alcanzan continuamente nuevas y nuevas aguas”.


Es un juego constante, una oscilación bipolar, entre el estar “en sí” y el estar “fuera de sí”, entre el ser y el dejar de ser para ser en el otro. Dice Juan L. “o no seríamos, ya, junto con el río de la media tarde, / más que unos hilos, unos hilos / para una suerte de trama que la melancolía misma está perdiendo / perdiendo? / Llueve en mi corazón y llueve sobre el Yan Tsé...”.


Ese fluir que es estilo e imagen de la poética de Juan L. Ortiz, esa levedad pictórica, es la pátina que recubre una honda concepción del ser y la existencia: “Y me doblo como un sauce... / Y sigue lloviendo en mi corazón y sigue lloviendo, lloviendo, lloviendo... / lloviendo sobre el Yan Tsé”.

La recurrencia del río, de lo fluyente, de lo transitorio y cambiante, constituye forma y contenido en la poética de Juan L. Ortiz. Su estilo deviene constantemente, se disuelve sintácticamente, refluye, dispersa y anaforiza sintagmas; es un río ondulante, siempre constante y permanentemente distinto, como la propia existencia transitoria. La filosofía de Heráclito se traduce en cadencia y metáfora visionaria.


Esta visión del cambio, de la naturaleza transitoria de los seres y las cosas se transmuta en un himno a la comunidad de lo existente, en una piedad secreta, en un mesianismo latente, en los entresijos del discurso lírico. El canto al río es, al mismo tiempo, un clamor al hombre. “Ellos, oh alma, desde aquí, o desde allá, recogerán en su pureza todo el silencio gris antes de alejarse, y serán iguales que hierbas para los roces misteriosos y las despedidas aladas, / sin horror, oh, sin horror, y sin cuidados inútiles y sin heridas ajenas en el camino de sombra que llevará bajo las altas pupilas, hacia una luz de comunión...”.


El río, presencia insoslayable y numinosa, caudal metafórico de un profundo sentimiento panteísta, no mera constante regionalista como se lo ha señalado erróneamente y ya ha sido rebatido con lucidez por la crítica autorizada. La obra de Juan L. Ortiz es una cosmovisión integral del hombre, de su advenir y de su estar en el mundo, así como su tránsito y configuración en otras formas. En la poemática orticiana transcurre el fluir de la vida fecunda en árboles y pájaros, en hierbas y trinos, en aullidos y susurros de lo que nace y de lo que se disgrega, de lo existente y de lo que se extingue o transforma.


Es el ciclo del llegar y del partir narrado con leves pinceladas, con trazos que esbozan sutilmente el goce y el dolor del existir. En él, en Juan L. está presente la vida y también la muerte que, con delicada ternura, se nombra poco, a menudo tangencialmente, apenas sugerida, casi como si ella, más que un fin, que un desenlace, fuera un renacer a otras formas. Así lo dice, con honda y pudorosa tristeza, a su galgo muerto en un elegíaco poema que titula con emocionada economía lírica “No estás”: “No estás debajo de la mesa, / no estás en la terraza, / no estás en la cocina / no andas debajo de los árboles... / pero veo tu sombra, / mi amigo, (...) No estás... No estás debajo de la mesa / para envolverme en hálito / de tu armonía dormida; / el sueño del impulso / mismo / en sus líneas aladas / hacia prados invisibles...”. Es un estar no estando, una ausencia aún presente, un perfume que emana del ser, simultáneamente evadido y presente; una voz que se silencia pero persiste en la Naturaleza siempre exultante, perpetuamente creadora. De ahí que en el poema “¿Qué quieren decir?” se pregunte: “Qué quiere decir el matorral / al cielo que muere / pero que mira, mira; / y esos hombres vagos / que de algún modo mueren / también / todos los anocheceres, / qué quieren decir?”. Y en exaltado panteísmo, despertando al son de los panderos, flautas y címbalos de Oskar Loerke en “Pansmusik” (“Música de pan”), reflexiona: “Oh, las cosas, las cosas, / las plantas y los espíritus / que flotan casi, no caminan o se repliegan / en la soledad apenas azul / que los va llevando ¿hacia dónde? / ¿o los fija, en qué misterio / de raíces aéreas?...”. Juan L. Ortiz transmuta en oro alquímico la ceniza de las hojas que derraman los árboles pero, no obstante, percibe ese algo ominoso que conjuga la noche con un cesar de las voces hímnicas. Así en su breve poema de “El agua y la noche” medita: “Es dura la vida. La vida es triste / Como un mar la muerte viene del sur y anda en el sol. / Los ángeles bailan entre la hierba / y sonríen con una sonrisa filosa, / un poco lúgubre ¿cierto? / Sí, lúgubre, y breve”.


Las sutilezas del trazo, esa economía verbal de los hai-kai chinos, que deslumbra a Juan L. Ortiz en su viaje al Oriente, ese culto a la concisión, ya está presente en sus largos poemas, fluyendo como el río que es un hilo conductor, el leitmotiv de su poética. Aunque sus versos no se ajusten a la preceptiva de las diecisiete sílabas del poema chino, su curso caudaloso (el de los poemas) se disgrega en miles de gotas, en breves sintagmas que se pueden leer como autónomas y al mismo tiempo como parte de un todo. Así, en el canto al amor individualizado -ya que todo el trasfondo de su obra lo universaliza-, tal como lo leemos en su conocido poema “Ella iba de pana azul...”, cada partícula del verso lo contiene, lo exalta y lo autodelibera, transformándolo en una totalidad significante: “Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella”. El poema se inicia con un breve sintagma descriptivo que se interrumpe bruscamente por el punto final y luego otro sintagma que consta de un mero pronombre, sin signo de exclamación que lo enfatice, pues él vale por sí mismo como verso autónomo, aislado e intenso, sosteniendo una sobrecarga de sentimiento pasional y de maravilla enigmática, de encanto indecible. Seguidamente formula una reflexión a la que sucede un interrogante que configura un esplendoroso haiku: “La mañana pesaba ya dulcemente / ¿de qué color la sombrilla contra el amor del Octubre?”. El sintagma configura una definición metafórica del riesgo amatorio, un temor, una suerte de angustia iniciática, pero de atracción irresistible, de encantamiento mágico. Al anterior le suceden dos sintagmas autónomos que, en conjunto, configuran un haiku sobre el tiempo, ¿sobre la transitoria duración del amor?: “Entre las manzanillas ella iba / Entre la nieve ardiente ella iba”. La primavera - verano del amor, ¿tal vez el otoño?, la blanda y muelle dulzura de la manzanilla es sustituida por un oxímoron “nieve ardiente” en función metafórica: una flagelación, un martirio sobre cristales de hielo, un padecimiento que connota las fluctuaciones amatorias. Como el devenir del agua - vida, en Juan L. Ortiz el amor tiene su tiempo de esplendor y su edad para el ocaso. “Esa edad de Jacinto, ay, y ese aire...” es el tiempo de la pana azul y de la manzanilla, el instante del sortilegio, la época del arrobo y del deslumbramiento. Mas el azul, ese azul de la pana, hecho de fantasías y de sueños, de hálitos juveniles, puede oscurecerse en el desvanecimiento del esplendor. Como amarillean las hojas en el otoño, el azul deviene “más grave que el del Domingo, azul, / porque ya era el destino / de ojos a veces bajos o turbados... mi destino. / Mi destino... Y yo a su lado, qué?”. La vigilia y el sueño, la manzanilla y la nieve. Así discurre el amor, de la fascinación a la lágrima, del encuentro a la pérdida. De ahí que el poema concluya anafóricamente, reiterando el sintagma inicial. “Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella”. Es el mismo amor y es otro el círculo que se cierra sobre sí mismo. Como fluye el río fluye la existencia, el amor, los sueños, las esperanzas. Nada se perpetúa -nos dice la poesía de Juan L. Ortiz - pero nada concluye. Todo vuelve a renacer en otras raíces, en otras plantas, en otros animales, en otros hombres que están en el tiempo y edifican el futuro.


(1) Escritora. Profesora en Letras (UNL), Licenciada en Letras (UCSF).
(2) Piccoli H. Retamoso R., “Juan L. Ortiz” en Capítulo 105 de la “Historia de la Literatura Argentina”, Bs. Aires CEAL, 1981.

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