Dios, para muchos, es como un soberano, encerrado en su palacio, lejano y que no se interesa por nuestros problemas y dificultades. De vez en cuando lo buscamos para hablar o tener un contacto. Nos cuesta trabajo reconocer su "Amor paternal"; creemos que Jesús nos puede escuchar pero desconfiamos de Dios Padre.



































