Luis Landriscina se desplaza con un bastón que se sumó a su vida después de superar la pandemia y que tal vez no necesite, pero que le da confianza, además de un plus de elegancia, al igual que un broche dorado en su corbata. Los detalles completan su trajeada figura en el recinto de la Cámara de Senadores que esta vez tiene presentes a muchísimos más que a sus integrantes y su personal de siempre: han venido a verlo todos los que pudieron hacerlo. Sus movimientos son lentos y sus respuestas pausadas. Es el anciano venerable que sus admiradores esperan encontrar, pero guarda una sorpresa.



































