Entre que Javier Milei bajó del móvil y caminó unos pasos a toda prisa hasta las puertas de vidrio que se abren automáticamente pasaron solo unos minutos, que fueron suficientes para estrechar manos, repartir besos y ser una y otra vez fotografiado. Desde la comitiva presidencial, que lo cuidó sin mayores inconvenientes gracias al vallado, se veían solo rostros sonrientes, cánticos y pantallas de celulares. La contramarcha había quedado en la zona céntrica, lejos. Pero también allí se demoraron partidarios de Milei que con el correr de los minutos supieron del cambio de escenario para un encuentro partidario que no puede ser calificado bajo los términos tradicionales de un acto político. Acaso la concentración de campaña electoral pueda ser comparado con la previa de algún festival de música masiva (por tantas camperas de cuero podría ser de rock según los gustos de otras épocas ajenos al clima subtropical de Santa Fe), donde mandan el deber de los gritos agudos femeninos y también los cánticos que normalmente se aprenden en una cancha de fútbol o alguna fiesta de 15, había ciertamente mucha gente joven.