¿Cómo pensar hoy en un proceso de ampliación y conquista de derechos que permita redibujar el mapa de la estructura social a partir de la superación de la única grieta que debería ser ineludible en la conversación pública, la brecha de la desigualdad y la pobreza? ¿Cómo se construye una nueva institucionalidad que pueda garantizar la satisfacción de las necesidad más básicas y las protecciones imprescindibles para el conjunto? Son, entre otros, interrogantes fundamentales de este tiempo, los primeros de la lista si queremos mirarnos en el espejo de Evita y su enorme gesta. Creo que ella siempre supo que un proceso de transformación tan grande en favor de las mayorías no puede lograrse sin la fuerza de las mayorías. El pueblo, los humildes, los descamisados, las cabecitas negras, no eran, en la cosmovisión de Eva, destinatarios inertes de las políticas diseñadas y ejecutadas por otros. Eran sujetos protagonistas y hacedores de las políticas públicas. El peronismo de Eva no fue solamente el de un gobierno de los trabajadores y las mujeres ocupando espacios de poder que hasta entonces les estaban vedados. Fue en su forma y en su espíritu el fin de la cancelación de la política para los humildes. Fue el gobierno de una política que no residía solamente en el palacio, que no se hacía solamente desde un escritorio. El peronismo de Eva era el gobierno de los comunes, la invitación permanente y constante a la sociedad a ser protagonista de su presente a través de la gestión capilar y territorializada de las políticas públicas, desde abajo hacia arriba y de la periferia al centro se hacia la política como Eva la entendió. Ella supo que no existía posibilidad de dar vuelta la tortilla de la historia si no era con la potencia de la comunidad organizada empujando los límites de una realidad que siempre le había sido esquiva, de una dignidad que siempre le había sido negada.