Finalmente, el investigador sugirió una serie de propuestas que calificó “de sentido común”.
“La gran pregunta entonces es cómo abordamos el flagelo de la violencia. Desde lo que estudié, digo que se puede tratar indirectamente la regulación de la convivencia. Si no, es imposible revertir el principio de la inercia. Como ejemplo, puedo mencionar el control del tránsito. En los últimos 40 años, el parque automotor de la ciudad creció de una manera espeluznante y a ciertas horas el tráfico es caótico y hasta salvaje. Ahí se nota perfectamente la ruptura del tejido, porque no se respetan las normas más elementales. Además, la mayoría de los delitos graves, como los robos, conllevan en su ejecución infracciones de tránsito. El problema es tan grande que no lo puede solucionar un inspector municipal. Es la policía la que debe regular el tránsito, como en los países desarrollados. Nosotros vemos cómo hoy se cometen todo tipo de transgresiones ante los ojos de uniformados”.