Sobre su techo, botellas de vidrio, pañales podridos, mugre de todo tipo y un irrespirable olor a orina. Abajo, en lo que era la puerta de entrada, una malla plástica y rota que indicaría “no pasar”. En las paredes, pintadas y pegatinas. Así se ve hoy el viejo ascensor del puente peatonal, que conecta con el Puerto de Santa Fe, sobre la Av. 27 de Febrero.




































