Pensar en las mojarritas hace que uno viaje a momentos gratos de la infancia. Estar en la orilla del río, la laguna o algún arroyo, con la caña mojarrera en mano, significaba el desafío de llenar el balde antes que algún hermano, primo y amigo, según con quien se compartiera esa pesca. Una vez satisfechos y cansados de “mojarrear”, era tiempo de esperar que las pequeñas piezas se friten por algún mayor en la olla, para luego disfrutar de comerlas con la mano y con el orgullo de comer lo que uno pescó.




































