Nata dice su nombre frente a la cámara y sonríe con timidez. Tiene 14 años, va a la escuela secundaria, vive en un hogar convivencial desde hace más de un año y, como tantos adolescentes, sueña con lo esencial: pertenecer. En pocos segundos, su historia cruza pantallas, ciudades y ríos. Y en Santa Fe, como en otros puntos del país, encuentra algo que no siempre aparece: una multitud dispuesta a escuchar.



































