Nidia Maidana Maciel
Es una exposición donde el dibujo, la memoria del Gran Chaco y las formas del agua dialogan para construir un universo de resonancias ancestrales.

Nidia Maidana Maciel
Una de las condiciones que el arte de este tiempo exige a los artistas actuales es la tarea de gestarse a sí mismos, construir sus propias identidades, explicarse, dar cuenta de su posición en la vertiginosa y mutante cartografía artística contemporánea. No basta con la producción de obra.
Como dice Bourdieu, el artista debe generar su creencia sobre sí, sobre su obra y ante los demás: es el primer peldaño, entre muchos, para obtener los arduos reconocimientos necesarios en el sistema del arte.
Y esta operación de fe se logra en la articulación de la obra con el relato que él/la propia artista construye sobre sí y lo comparte con otros, de todos los modos posibles.
Mauge (María Eugenia) Suárez ha condensado su relato en tres palabras poderosas: formoseña, dibujante y militante. Si escuchamos sus entrevistas, leemos notas periodísticas, navegamos sus redes o simplemente la escuchamos conversar en algún sitio de exposición, estas palabras se replican y van pintando un imaginario sobre la misma Mauge.
Cuando Mauge se dice formoseña, claramente plantea una procedencia y una identidad que permeó su infancia y su primera juventud.
Ser formoseña es estar contaminada por el territorio del Gran Chaco, percudida por su selva voraz, encandilada por las flores del palo borracho y el rosado de los flamencos, encantada por sus cielos y leyendas, arraigada en las mixturas del Paraguay, enriada en las corrientes del Pilcomayo y el Bermejo.
Y también desalentada por tierras marcadas por la desigualdad social, carentes de espacios para el arte y de oportunidades de crecimiento en la cultura.
Cuando Mauge se dice dibujante circunscribe una práctica en el imperio de las artes visuales, práctica que como ella dice, se reduce a materiales mínimos –papeles y lápices o acuarelas- y se distingue por su continuidad histórica, su persistencia, desde las cavernas iluminadas por el fuego hasta las futuras colonias humanas que se proyectan para marte. El dibujo estará siempre.
Cuando Mauge se dice militante, habla de su accionar político, luchando por trabajadores y gentes vulnerables. Pero también son políticas sus acciones en el campo del arte, es política la elección de la práctica del dibujo, concebida como piedra basal de las visualidades, como también es político continuar con una estética que remonta a su identidad territorial híbrida y de cuna mestiza.
Visitar la muestra "Agua Color y Silencio" de Mauge, en el Museo Rosa Galisteo, me recordó un cuento de María Gainza protagonizado por el mar.
Primero, María nos narra su propio vínculo adolescente con el mar, luego nos cuenta sobre Courbet y sus marinas, sobre la genealogía artística a partir de la cual, destila la técnica para atrapar el mar en la tela sin quitarle bravura o calma, de la paleta de azules, blancos y ocres que utiliza, de cómo esos mares ingresan al lienzo dominados por el cuchillo con que el pintor esparce el óleo blanco de los penachos de sus olas.
Para el remate del cuento guarda el agridulce relato de una mujer, también enamorada del mar que con collages de papeles de revista recubre las paredes y el techo de su cuarto, de modo tal, que se parece al interior de una ola pintada por Courbet.
Del mismo modo, la sala en que se expone "Agua Color y Silencio" está intervenida por la propia Mauge. Con trazos rítmicos de acuarela celeste, naranja, marrón, violeta…con semi-círculos y círculos amarronados, cubrió las paredes de ese contenedor blanco para incluir allí sus mónadas acuáticas.
Con esa operación transforma el ámbito en un espacio otro, fluido, fluvial, con los colores de ríos atardecidos y costas de limo rojo, con el dorado de los peces y el verde del camalote. Una paleta dulce, distinta a la de Courbet. Mientras, con un trabajo se desplegó durante días, fue impregnando esa sala de presencias y matices. Cuando se accede a esa sala, el silencio se expresa y, abrigados de color, algo de lo urbano queda afuera.
En una muestra anterior, "El paso de los sentidos", muestra de Mauge con curaduría de Fernanda Aquere, la pared verde noche sobre la que se disponían las obras, el pequeño recinto de Delta, la iridiscencia de los hilos del dibujo de Mauge, geométricos, simétricos…evocando el bordado Ao Po’i o el Ñandutí, producían el mismo encantamiento fluvial y selvático. Un diminuto esplendor.
Hoy se puede recrear aquella aventura en el espacio Núcleo Contemporáneo, donde Mauge expone "Una proximidad que desarma toda certeza", con curaduría de César Núñez.
Con precisión y amorosidad, Paula García Cherep, percibe en "Agua color y silencio" lo musical, la cadencia que los colores provocan en sus reiteraciones, los recorridos pop e infinitos que los visitantes realizan en el ir y venir de sus miradas en ese entorno de simetrías y figuras curvilíneas.
Y tal vez por la palabra imponente que aporta Paula, mónada, o por la propia apertura que ofrece la abstracción, que, tal como las nubes, nos invita a reconocer formas, es que palabras e imágenes condujeron hacia el agua.
Mirar los dibujos que Mauge resguarda en las mónadas nos remite a las imágenes de cristales de nieve que Wilson Bentley recopila en su libro "Snow cristal", un legado de paciencia y belleza que Bentley inicia muy joven, cuando empieza a dibujar esos cristales que observaba a través de un microscopio, hasta que consigue fotografiarlos.
O a los cristales de agua de Masaru Emoto, con los que experimenta con el agua y los lenguajes humanos. Y si seguimos mirando con intensidad esos dibujos, parece posible advertir los esquemas que la ciencia realiza para las moléculas de agua, con sus núcleos circulares y sus satélites de electrones.
Esas imágenes de cristales y esquemas de la ciencia sugieren la estructura subyacente de estos dibujos que nos magnetizan. Y hay más, porque de esos exquisitos papeles planos donde Mauge trabaja, emergen cuencos, pequeños cursos de agua, gotas, espejos.
Cuando Mauge se refiere al título de esta muestra, dice que es un nombre literal, porque el agua es el elemento que permite diluir los pigmentos para producir el color. No obstante, el agua parece haberse filtrado, en la trama de la muestra.
Los mandalas son dibujos complejos que representan las fuerzas del universo y usamos para la meditación. Bien es posible pensar en los dibujos de Mauge, trazados con lápices de colores, con acuarelas o con hilos, como un cosmos de mandalas nativos de la fuerza del agua.
Como un nexo entre los bordados paraguayos, las simetrías de los cristales de agua y la memoria genética que sigue dibujando un saber ancestral sobre el agua, anterior a las notaciones de la ciencia.
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