En junio de 1972, en apenas unas pocas cuadras de distancia, dos muestras artísticas mostraban en la ciudad de Santa Fe dos modos distintos (pero complementarios) de entender el territorio litoraleño, la memoria y la experiencia americana.
Los artistas presentaron, a mediados de 1972, dos muestras con miradas diferentes sobre el paisaje y la identidad cultural de la región. La reseña de Jorge Taverna Irigoyen en El Litoral permite reconstruir aquel diálogo artístico.

En junio de 1972, en apenas unas pocas cuadras de distancia, dos muestras artísticas mostraban en la ciudad de Santa Fe dos modos distintos (pero complementarios) de entender el territorio litoraleño, la memoria y la experiencia americana.
Una pertenecía a Fernando Espino, quien presentaba sus trabajos realizados entre 1970 y 1972 en la sala de El Galpón. La otra reunía dibujos de Ricardo Supisiche en la Sala de Barrio del Club República del Oeste.
El crítico de El Litoral, Jorge Taverna Irigoyen, se refirió a ambas muestras en una reseña publicada el viernes 2 de junio de 1972.
Para Taverna, la obra de Espino había alcanzado para entonces una etapa de madurez. El crítico veía que el artista se encontraba "definitivamente enrolado en la no figuración", aunque en ocasiones pudieran advertirse referencias procedentes de la vida cotidiana.
Lo que le interesaba subrayar era la capacidad de Espino para construir un universo visual propio a partir de signos, trazos y estructuras geométricas elementales.
Ese mundo aparecía definido como "aquietado, misterioso, a veces mágico", sostenido por ritmos visuales que remiten a guardas, frisos y organizaciones espaciales de apariencia ancestral.
La lectura de Taverna marca un vínculo entre esas formas y las tradiciones precolombinas. Al contemplar las pinturas de Espino, escribe, podían acudir a la memoria "ciertos tejidos indigenistas, cuya 'sabiduría de nudos' y de texturas reflejan un intuitivo poder estético".
Uno de los aspectos interesantes de la crítica es la manera en que vincula a Espino con distintas corrientes. Por momentos, Taverna encuentra afinidades con las vertientes del arte precolombino. En otros, ve resonancias de la escuela constructivista del uruguayo Joaquín Torres-García.
Sin embargo, Taverna marca una diferencia. Si en el constructivismo rioplatense había una luminosidad abierta, en Espino aparecía "una luz más sorda", una atmósfera contenida que reforzaba el carácter telúrico de sus composiciones.
La paleta desempeñaba un papel fundamental en esa búsqueda. Dominada por ocres, tierras y grises, permitía expresar lo que el crítico definía como un "sentimiento americano", una dimensión atávica difícil de traducir en palabras pero perceptible en la experiencia estética.
La reseña insiste en un punto que ayuda a comprender la singularidad de Espino dentro del arte santafesino de aquellos años. Su trabajo no buscaba apoyarse en anécdotas ni en imágenes reconocibles del imaginario regional.
Como "no cultiva un folklorismo expresivo de tintas gruesas", advierte Taverna, la recepción de su obra exige una disposición diferente por parte del espectador.
El crítico encuentra allí una de las mayores virtudes de la muestra. Lejos de cualquier simplificación, la pintura intenta asir aquello que denomina la "impronta geológica y étnica que nutre al hombre milenariamente".
Mientras Espino abordaba el territorio de la abstracción simbólica, Supisiche exponía un conjunto de dibujos que permitían reencontrarse con otra de las grandes tradiciones de la plástica del litoral.
La muestra se desarrolló en la Sala de Barrio del Club República del Oeste, espacio impulsado por Lausen Freyre Beñatena. En ese ámbito, Supisiche presentó una serie de trabajos que reafirmaron la importancia que el dibujo había tenido desde siempre en su producción.
En su reseña, Taverna define a Supisiche como una figura capaz de resumir "gran parte del arte litoraleño". Reconoce a un creador que supo hacer del paisaje insular y de la vida de sus habitantes una experiencia profunda.
Supisiche, escribe, sabe "plantar con grave elocuencia un rancho en medio del silencio y sacar de la línea del horizonte el magnetismo de una sombra o el punto fugaz de un ave".
Detrás de esa observación aparece una idea relevante: el artista no se limita a representar el paisaje. Extrae de él una intensidad emocional y poética que hace de cada elemento el signo de una experiencia humana más amplia.
Aunque reconocido por su sensibilidad colorística, Taverna recuerda que "Supi" no abandonó las grandes vertientes del dibujo: la línea y la mancha. Las tintas de la muestra, creadas con economía de recursos, responden a esa fidelidad.
Vistas desde el presente, las muestras de Espino y Supisiche permiten reconstruir una preocupación compartida por el arte santafesino de comienzos de los años 70: ¿cómo representar una identidad cultural sin convertirla en estereotipo?




