"La vuelta del malón", el óleo que Ángel Della Valle terminó en 1892 para representar a la Argentina en la Exposición Universal de Chicago, es una de las obras más reproducidas y discutidas de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes.
Durante décadas, una pintura de Ángel Della Valle ayudó a fijar la imagen del indígena como amenaza. 25 años después, una película filmada en Santa Fe propuso otra mirada sobre los pueblos originarios.

"La vuelta del malón", el óleo que Ángel Della Valle terminó en 1892 para representar a la Argentina en la Exposición Universal de Chicago, es una de las obras más reproducidas y discutidas de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes.
Con casi tres metros de ancho, retrata a un grupo de indígenas que huye al amanecer con el botín de una iglesia saqueada y una cautiva blanca desvanecida entre ellos, en una composición que se convirtió en una de las imágenes fundacionales del imaginario nacional sobre la frontera y la Campaña del Desierto.
Della Valle retomó un asunto que llevaba décadas circulando en crónicas, relatos de cautivas y grabados de viajeros románticos, pero que hasta entonces nunca había ocupado, con esas dimensiones y esa ambición de pintura de salón, el centro de una sala de exposición.
Un cuarto de siglo más tarde, en San Javier, en la costa de Santa Fe, otra obra, esta vez cinematográfica, iba a poner en cuestión buena parte de lo que ese cuadro ya daba por sentado.
La historiadora del arte Laura Malosetti Costa sostiene que el cuadro funciona como una síntesis de los tópicos que circularon para justificar la Campaña del Desierto de Julio Argentino Roca en 1879.
Es una imagen construida por el vencedor. El malón aparece equiparado a una fuerza de la naturaleza, salvaje e indomable, mientras que la cruz y la lanza sintetizan el enfrentamiento entre civilización y barbarie que Domingo Faustino Sarmiento había instalado como matriz de lectura del país.
Los indígenas que Della Valle representa portan, además, un detalle que nunca existió: las cabezas cortadas como trofeo de guerra. Las tribus pampeanas no tenían esa costumbre ni vestían del modo en que el pintor las imaginó.
En 1904, en San Javier, los mocovíes se levantaron contra el despojo de sus tierras y las condiciones de miseria a las que habían sido reducidos. Era una rebelión protagonizada por una comunidad despojada de sus tierras y sometida a décadas de marginación.
Trece años después, en 1917, un joven abogado y diputado radical nacido en ese mismo pueblo, Alcides Greca, decidió filmarlo.
"El último malón" borra las fronteras entre documental y ficción al hacer actuar a los propios mocovíes que habían protagonizado el levantamiento, junto con criollos e inmigrantes que también habían sido testigos de aquellos hechos.
La primera parte de la película muestra la vida cotidiana de la comunidad mocoví y las condiciones de marginación en las que vivía. La segunda reconstruye el levantamiento de 1904.
Una investigación reciente señala que, aunque se presenta como reconstrucción histórica, la obra organiza parte de su relato sobre la misma antinomia de civilización y barbarie que atraviesa el cuadro de Della Valle.
Sin embargo, aunque todavía conserva algunos rasgos paternalistas propios de su época, busca comprender la situación de los mocovíes más que convertirlos en una amenaza.
Ahí está el contrapunto que interesa. "La vuelta del malón" y "El último malón" nacen con un cuarto de siglo de diferencia, en dos lenguajes distintos y desde perspectivas muy diferentes frente al mismo interrogante: cómo se construye el relato sobre el conflicto entre el Estado nacional y los pueblos originarios.
Della Valle pinta desde la lejanía y desde el triunfo ya consumado de la Campaña del Desierto, componiendo una imagen que glorifica indirectamente a Roca y convierte al indígena en amenaza pura.
Greca filma desde adentro, con la ventaja y el peso de haber crecido en el mismo pueblo donde ocurrieron los hechos. Su película une reconstrucción histórica, vida cotidiana y ficción para ofrecer una mirada inédita sobre la comunidad mocoví, alejándose de la representación demonizadora.
No es casualidad que la película fuera rescatada décadas después, cuando fue revalorizada como una obra pionera del cine argentino y como un documento para comprender las representaciones de los pueblos originarios en el siglo XX.
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