Por Tomás Rodríguez
Uno de los máximos ídolos y emblema de Boca Juniors y del balompie argentino de todos los tiempos, Silvio Marzolini, considerado cerca de una década por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) el mejor “3” del mundo, falleció a los 79 años.

Por Tomás Rodríguez
Un crack de notable jerarquía, admirado en el mundo entero disputó 389 partidos en primera división en Ferro Carril Oeste y Boca Juniors, anotando nueves dianas, obteniendo cinco títulos con la casaca azul y oro. Fue el abanderado del buen juego, exquisito, de lujo, determinando los aplausos del público británico en el fatídico encuentro del Mundial 1966 y el pedido de Bobby Charlton de intercambio de mallas al término del partido.
Silvio Marzolini se ganó la idolatría de la hinchada de Boca Juniors, una de la más fervorosa del mundo. Rubio, espigado, con figura y rostro de galán de cine, su excepcional calidad pudo más que el recuerdo dejado por sus antecesores, Rodolfo De Zorzi y Federico Edwards (surgido en Unión en la década del ’40), erigiéndose en el gran marcador de punta de la década del ’60 del siglo pasado, patrimonio de Boca Juniors y de los seleccionados argentinos.
El mejor del mundo
Nadie se extrañó, entonces, cuando en 1966 la Asociación de Periodistas Ingleses de Birmingham le entregó el trofeo que lo premiaba por ser el mejor jugador en su puesto en la zona del Mundial que le tocó jugar a la Argentina.
Pocos días después, en el legendario estadio de Wembley, al finalizar Inglaterra-Argentina, Bobby Charlton, corrió hacia él para intercambiar camisetas. El cerebro del equipo que sería campeón de ese torneo, quería la casaca de Marzolini como un recuerdo. Fue un galardón más que reafirmó lo que todos sabían: Marzolini era el mejor “3” del mundo.
Ofertas rechazadas
Jugador de tamaña importancia no podía dejar de ser tentado para actuar en otros países. En 1963, el Milan de Italia quiso incorporarlo a sus filas pero el “Carita de Angel” se negó.
Antes del mundial de 1966, Lazio y Fiorentina, también de ese país, le hicieron suculentas ofertas, que luego quedaron en la nada al cerrarse el libro de pases.
Real Madrid fue otro de los interesados en Marzolini y, en septiembre de 1972, ya casi en el ocaso, de Francia llegó otro pedido, al que también se negó. ¿Por qué? Porque siempre prefirió la cálida adhesión de “su” público, de la hinchada boquense.
Con 369 presentaciones oficiales en la primera de Boca juniors, superó records de permanencia en ese club de figuras como Antonio Ubaldo Rattín, Ernesto “Pibe de Oro” Lazzatti, Natalio “León” Pescia y Antonio “Tarzán” Roma y fue, además, el futbolista boquense que cosechó mayor número de títulos de campeón en los torneos oficiales: 1962, 1964, 1965, 1969 y 1970 y dos veces la Copa Argentina.
De esa larga campaña guardó innumerables trofeos. Los más preciados, la malla de Bobby Charlton (selección inglesa), Orlando de Pecanha Carvalho (capitán de Brasil campeón mundial de 1958), Salvadore (Italia), Quintano (Chile) y Rildo (Brasil).
También una marca en el muslo de la pierna derecha que, como una firma en reconocimiento de calidad, le dejó Edson Arantes do Nascimento “Pelé”. “Fue en 1968 Santos festejaba y organizó un partido con Boca; le ganamos y ‘O Rei’ que no quería perder, me clavó los tapones”, expresó Marzolini.
Ese día, la calidad de Pelé se había encontrado, sin poder franquearla, con la calidad de Marzolini. Algo quiere decir, por cierto, de la excepcional clase del marcador que, además, siempre fue un modelo de limpieza para jugar.
Calidad excepcional
La marcación sobre la raya no tenía secretos para Marzolini; como tampoco el funcionamiento a que obliga el puesto; impresionaba la facilidad conque resolvía cualquier situación, condición patrimonial de los cracks de verdad. Anticipaba al puntero derecho contrario con un exacto sentido de tiempo y distancia, sabía retroceder para esperarlo en el fondo, achicándole el espacio de maniobra; en el quite ponía la pierna justa y con firmeza.
Era un defensor que no se reducía a cuidar su sector, por el contrario, era jugador de toda la defensa. Sus desplazamientos, paralelos a la raya del arco, fueron admirables por su oportunidad y le daban a toda la línea de zagueros una excepcional seguridad en el cuidado de la retaguardia.
En función ofensiva también era de cuidado; los rivales, por lo general, tenían dos problemas, superarlo cuando atacaban y defenderse cuando era Marzolini quien atacaba; para esto último contaba con un perfecto dominio de la pelota, con una gambeta simple y demoledora y con un gran panorama de juego que le permitía con un pase corto o largo, entregar el balón con absoluta limpieza.
Debut en Primera
Ya en Ferro, su primera presentación en la categoría superior, fue el 31 de mayo de 1959, nada menos que frente al poderoso Boca Juniors, cuando todavía no intuía la importancia que tendrá este club en su futuro. Jugaron en Caballito y le tocó marcar al puntero derecho Angel Nardiello, quien esa tarde no fue la “Motoneta” que todos aplaudían, era muy veloz, porque se lo impidió Marzolini, empataron uno a 1 a 1 de los dirigentes xeneizes en el palco de autoridades, se quedó pensando en “ese rubio de la cara linda” que salía tocando y le gustaba hacerle “caños” a sus rivales.
Cinco fechas después fue expulsado, cumplido el castigo punitivo, la casualidad quiso que reapareciera frente a Boca, en la Bombonera, donde la formación de Caballito ganó 2 a 1, con un admirable Marzolini y los hinchas pedían a gritos que “ese 3 tiene que jugar en Boca, es un crack”.
Y llegó la fama
A principios de 1960 se hizo realidad su sueño de futbolista e hincha de Boca: por 600 mil pesos y el pase definitivo de seis jugadores del club de la Ribera, entre ellos Di Gioia, Juan Carlos Barberis, Osvaldo Biaggio y Juan Carlos Rodríguez, entre otros, se incorporó al plantel de la Ribera junto con el arquero Antonio Roma. Ambos debutaron en la primera fecha del torneo de 1960, venciendo a Estudiantes en La Plata, 2 a 1. Comenzaba la larga lista de triunfos y alegrías.
En Boca Juniors tuvo largas temporadas de esplendor, siempre recordó las de 1962 y 1969; en la primera el equipo jugaba sin puntero izquierdo, Alberto González actuaba de “ventilador”, permitiéndole realizar espectaculares corridas por el lataeral que siempre terminaban con el toque de inteligencia que le era caracaterístico.
En 1969, bajo la conducción de Alfredo Di Stéfano, sacrificó al uruguayo Orlando Medina Leites (venía de Colón) como único volante defensivo, para cubrir las subidas de Norberto Madurga, Raúl Savoy, Marzolini y Rubén Suñé. Siempre recordaba con devoción que en el Nacional se dio uno de los mayores gustos de su carrera, dar la vuelta olímpica en el estadio Monumental, tras empatar con River Plate 2 a 2 y ser campeón. Es que, si bien para Marzolini todos los triunfos eran importantes, frente a River adquirían un sabor especialísimo.
Por otra parte, también dejaban una particular satisfacción sus triunfos profesionales sobre determinados punteros derechos: Raúl Bernao de Independiente, Luis Cubilla de River Plate, Héctor Facundo de San Lorenzo de Almagro, pudieron superarlo algunas veces, pero también sucumbieron ante esa valla amalgamada con inteligencia y energía. Ellos mismos, en determinadas oportunidades, reconocieron la capacidad de Marzolini, asegurando que “fue el marcador más difícil de pasar, porque siendo defensor sabía tanto de fútbol como un delantero”.




