El almanaque marca que ya pasó un mes desde aquella tarde cálida y algo ventosa del Metlife de New Jersey, en la que el silbato final decretó la derrota de la selección argentina ante España. Treinta días (31 en realidad) suelen ser suficientes para que la espuma del enojo de algunos baje, los análisis viscerales se transformen en reflexiones serenas y el exitismo crónico de nuestro fútbol le ceda el paso a la honestidad intelectual que eche por tierra las dudas de las teorías conspirativas que, aún hoy, muchos siguen imaginando que existieron.






































