Fue el mejor gol de la historia de los mundiales. Y si bien el fútbol impide que los conceptos sean absolutos y concluyentes, es muy difícil que alguna vez se pueda igualar – ni hablar de mejorar – semejante jugada. El 22 de junio de 1986, en el Azteca de México, Diego Maradona armaba la maniobra más espectacular de la historia de los mundiales. Era en un partido de cuartos de final y frente a un rival de la envergadura de Inglaterra, en un día inolvidable para el fútbol argentino. Tanto, que en un acto de estricta justicia, la Afa determinó hace tres años que se instaure el 22 de junio como “el día del futbolista argentino”, desplazando de esa consideración al 14 de mayo (la fecha anterior), que fue el día de 1953 en el que Grillo, un habilidoso volante de Independiente, dejó dos rivales en el camino adentro del área y desde un ángulo muy difícil, también ante Inglaterra, convirtió un gol que también fue extraordinario, pero que no tuvo la belleza, la dimensión, la espectacularidad y la importancia de aquél de Diego ante los ingleses.


































