-A Fiat uno lo pensaba como una empresa local pero respondía a dinámicas globales. Lo que acontecía en las fábricas de Fiat en Turín, Buenos Aires, Córdoba, Sauce Viejo y la Unión Soviética era parecido, había un proceso de reivindicación sindical muy fuerte. Lo que hubo fueron respuestas distintas. En América Latina hubo una represión ciega, en Italia y Francia no porque eran estados democráticos. Pero es cierto lo que dice De Luca porque a fines de los 70 el grupo Fiat reconoce que la conflictividad social en la fábrica rompe con lo que había sido el fordismo. Eso lleva después a lo que hoy en el mundo anglosajón llaman nostalgias de chimeneas, es decir, de ese capitalismo que hizo de Londres una ciudad de niebla constante, pero que otorgaba una casa, un estatus social al obrero. Hoy nadie se siente orgulloso de ser obrero, el obrero mismo probablemente se considera dueño de una pyme porque en los tiempos libres hace otras cosas. Ese tipo de fábricas cierra en la década del 80 cuando la identidad de la persona ya no pasa por el lugar de trabajo. La fábrica Fiat, bien o mal, otorgaba una identidad que buscaba una afiliación clánica, ser parte de una gran familia. La fábrica después del 80 será un lugar de trabajo en el cual el obrero peleará para defender el trabajo y no para mejorar sus condiciones de vida. Esos son los 90 en América Latina y en Europa también, solo que acá la receta se aplica de una forma mucho más drástica y los resultados son una carnicería social.