Cuando en los '60 Noruega comenzó a explotar petróleo y gas del Mar del Norte, pidió créditos para financiar la producción y sus astilleros se reconvirtieron a fin de atender la demanda tecnológica para operar en aguas agitadas y profundas: ganaron los grandes jugadores internacionales y las empresas locales. El país pagó sus créditos, financió su bienestar sin anabolismo populista y -sobre todo- hizo un fondo anticíclico (el NBIM, en 1990) para despejar su futuro. Ningún gobierno de turno puede usar más del 3% de su renta; no hubo allí un presidente que se abalanzara a discreción para abrazar, como si fuera propia, la caja de los fondos públicos.



































