Por Sergio Ferrer
Si de algo estamos seguros, es que Amílcar Oreste Brusa va a estar trabajando en un gimnasio hasta su último aliento, abocado en la preparación de un próximo campeón mundial. Así de simple y así de claro: Brusa, que nació en Colonia Silva el día 23 de octubre de 1922 (lo anotaron el 28 en Santa Fe), no entiende otra manera de vivir, por lo que necesita renegar todos los días para sentirse vivo y bien. «Bien para la mierda», como dice él, pero vivo al fin, en su mundo, el del boxeo. Como escribió alguna vez Eduardo Oreste Lamazón, con quien se profesan una admiración y reconocimientos mutuos: «Desde una trinchera muy personal, Amílcar confirma aquello tan hermoso de que existen hombres que ennoblecen la función que desempeñan. Todos los días de su generosa vida nos ha venido enseñando que no conoce otros códigos más que los del trabajo inclaudicable, la entrega honrada y una enojosa belicosidad contra lo mediocre o las mediatintas que, será por la frágil y mezquina condición humana, a veces parecen contaminarlo todo».
Sus detractores le reprochan y cuestionan muchas cosas; que no haya sido el legítimo formador de muchos de los campeones que se consagraron con él en el rincón, o que se haya quedado en el tiempo con su método de entrenamiento. Lo que no han podido negarle nunca, o no han podido poner en tela de juicio, es su inmensa capacidad de trabajo, su incuestionable voluntad de hacer y conseguir cosas, el valor incorruptible de sus convicciones y la esencia preclara de sus objetivos. En Brusa encontramos tanto al idealista, como al luchador incansable e insobornable que ha hecho de la honestidad y la lealtad sus principales puntos de apoyo. Cascarrabias incurable y “ácido”. Para algunos insoportable, retrógrado y hosco; para otros sapiente, amable y generoso. En él tenemos al maestro disciplinado, severo, duro y enérgico, pero también al tipo bonachón y amplio, que nunca dudaría en ayudar a quien lo necesite o en estar del lado de una causa justa.
Observador obsesivo y riguroso, Amílcar ha sabido adaptarse a los tiempos que corren, adoptando los cambios que hicieran falta. Inconformista a más no poder, con el paso de los años fue revelando su impronta de perfeccionista hecho y derecho, sin grupos. Por eso, nunca dejó de reconocer aquella vieja deuda profesional que tuvo consigo mismo y jamás pudo solucionar: no haber aprendido inglés. El sabe cuanto perdió, en muchos aspectos, no sólo en el económico, al no saber dicho idioma. «No me haga sentir más estúpido de lo que me siento», declaró una vez en Estados Unidos cuando en una conferencia de prensa se lo hicieron notar. Y lo repitió la vez que el agente internacional Don Majeski le comentó: «Brusa, usted siempre trabaja con latinos, que significan bolsas chicas y problemas grandes; si supiera inglés trabajaría más con boxeadores locales, que son los mejores pagos».
Los quince eslabones
La mayoría de las veces, los dirigidos de Brusa fueron de punto y terminaron siendo banca. «Pensaron que era paloma… les salió gavilán» habrá dicho en numerosas ocasiones el maestro. Cada uno de sus campeones mundiales, quince al momento de escribirse estas líneas, fue producto de un esfuerzo distintivo y una situación especial. Son los quince eslabones de su cadena de éxitos ecuménicos. El incomparable Carlos Monzón -su joya más preciada- fue el primero, cuando Amílcar tenía 48 años. Una verdadera epopeya. Con él patentó una frase, que sintetiza la falta de confianza que había de parte de un sector de la prensa y de los entendidos en boxeo al momento de acercarse Carlos a los primeros planos y a la pelea por el título mundial: «En Buenos Aires no lo supieron ver». Obviamente, el mensaje valdría para muchos de los que componen su escuadrón de consagrados. El segundo de sus campeones, Miguel Angel Cuello, le significó alcanzar, en 1977, una corona por afuera de la influencia de Juan Carlos “Tito” Lectoure y de la empresa Luna Park (Osvaldo Nogueira y Umberto Branchini fueron los artífices).
Después, ya exiliado deportivamente en Venezuela –país al que partió en 1981-, se dio el gusto enorme de consagrar campeón mundial a un púgil que tenía récord negativo y ni siquiera pintaba para sorpresa, el dominicano Francisco Quiroz. Luego vino el venezolano Antonio Esparragoza, boxeador astuto, competente y guapo, que se acercó al nivel de excelencia logrado con Monzón (tal es así, que aún hoy Brusa lo destaca como el mejor de los campeones que tuvo en el exterior). También están los colombianos, como Rafael “Derby” Pineda, al que recuerda como un tipo desagradecido; Miguel “Happy” Lora, un talentoso rebelde, problemático y vacío; José “Sugar Baby” Rojas, el obediente pugilista que fue verdugo de Santos Benigno Laciar (doblegar a “Falucho” resultó, sinceramente, una hazaña deportiva, y el maestro tuvo mucho que ver en eso); el malogrado Tomás Molinares, desperdiciado por las drogas; Luis “Chicanero” Mendoza, un gran profesional; y Francisco Tejedor, coronado al poquito tiempo de la muerte de Monzón.
En su primer retorno a nuestro país se dio el gusto de campeonar con el minimosca Juan Domingo “Panza” Córdoba (luz de un día) y con Jorge “La Hiena” Barrios, aunque este haya sido ganador de un título menor en superpluma -el de la Unión Mundial de Boxeo (UMB)-, el logro fue de visitante, es decir «a domicilio», como le gusta decir a él. Otra vez en el exterior, trabajó incansablemente en Los Angeles (Estados Unidos) para que el superpluma estadounidense Carlos “El Famoso” Hernández consiguiera el primer título del mundo para El Salvador, país cuyos colores defendía, en honor a la nacionalidad de sus padres. Con posterioridad, como es de público conocimiento, Amílcar aportaría lo suyo a favor de Carlos Baldomir, en cuya hazañosa conquista participó largamente, como respaldo de la encomiable labor realizada por alguien que también supo ser pupilo y discípulo suyo, José Lino Lemos. Cuando el camino hacia el título se le había entorpecido demasiado al “Tata”, Brusa lo recibió en el gimnasio La Brea Boxing Academy, bajo el pujante pero inestable manejo del empresario mexicano Javier J. Zapata.
«Yo siempre tengo fe en mis pupilos», le enfatizó a Julio Ernesto Vila y Osvaldo Príncipi en el Club El Ciclón de Rosario, durante la transmisión del ciclo Boxeo de Primera del 17 de diciembre de 2005, unos días antes de viajar para la pelea de Baldomir con Zab Judah en Nueva York. La parada era muy difícil y otra vez uno de los suyos iba de “pichón”, al banquete de uno de los gavilanes de turno. Pero el vaticinio previo de la cátedra falló y Carlos ganó, consagrándose campeón contra todos los pronósticos. Tras la coronación y otras dos peleas titulares, contra Arturo Gatti (victoria) y Floyd Mayweather (derrota), la relación entre ambos se resquebrajó y cada cual siguió su rumbo.
En los últimos dos años, el infatigable entrenador se aferró al ponderable desafío de instalar en el sitial de los campeones del mundo a la jujeña Alejandra Marina Oliveras (“Locomotora”), con quien, finalmente, consiguió llegar al campeón número 15 de su fructífera cosecha mundialista el viernes 12 de agosto de 2011. Fue en el gimnasio de la Asociación Atlética Estudiantes de Río Cuarto (Córdoba), frente a unas 1.200 personas aproximadamente. En dicho lugar, Alejandra le ganó por retiro en el quinto asalto a la colombiana Liliana Palmera, para quedarse con el título liviano (61,235 kgs) de la AMB que estaba vacante. La discípula de Brusa, que pesó 60,900 al igual que su rival y tiene una potencia superlativa, envió a la lona a su adversaria en el segundo round y le propinó una verdadera golpiza en el tercero y cuarto, a tal punto que al inicio de la quinta vuelta voló la toalla desde el rincón visitante en señal de abandono.
“Oiga, mi boxeadora no perdió”
Con anterioridad al logro frente a Liliana Palmera, el 18 de febrero de 2011 para ser más precisos, la pupila de Brusa había recibido un polémico fallo en contra en Santa Rosa de La Pampa con la locataria Mónica “La Gata” Acosta, estando en juego los títulos del CMB y la AMB en peso superligero o welter junior (63,503 kgs), el primero de ellos en poder de la pampeana y el segundo vacante. Los miembros del jurado, Edgardo Codutti, Manuel Veliz y Basilio Flecha dieron todos 96-94 a favor de Acosta. Amílcar presenció el combate detenidamente desde el ring side (ya no puede subir a las esquinas, porque se moviliza apoyado en un bastón) y no se perdió detalles de la performance de su pupila, la que considera que esa noche había hecho más que su oponente. Al terminar la brega, un periodista se le acercó para pedirle una opinión sobre el resultado; Brusa, conocedor de la repercusión que muchas veces han tenido sus declaraciones, en un principio adoptó un tono moderado y se limitó a decir que de los jueces y del fallo prefería no hablar. Pero, inmediatamente después, fiel a su estilo, añadió: «Oiga, no hace falta que yo lo diga, ustedes lo vieron… mi boxeadora no perdió».
Esa noche Alejandra recibió una decisión en su contra, pero no bajó perdedora del ring, porque al final de todo terminó cosechando más elogios que reproches y hasta varias promesas a futuro. Eso le dio mucha más confianza, a la vez que la hizo redoblar la apuesta, para no descuidarse y estar lista para cuando saliera otra chance por la corona. Volvieron a Santa Fe con el maestro y pusieron manos a la obra. La pelea se había perdido por poco, pero yendo al patio de Acosta, en un espectáculo montado para que la anfitriona saliera airosa. Oliveras había acordado personalmente el match con el promotor Mario Arano (representante de “La Gata”) y eso al “Grandote” (como le decía Pedro Oscar Roteta) no le gustó mucho, especialmente porque la jujeña criada en Córdoba estaba dando dos categorías de ventaja a una adversaria carismática y muy querida, que cuenta con mucho respaldo en su provincia. No hay que olvidar que el kilaje ideal de Alejandra en esta etapa de su vida profesional ha sido intermedio entre pluma y superpluma (es decir entre 57,153 y 58,967), mientras que en el pesaje contra la bonita pampeana dio 62 kilogramos exactos.
Difícilmente Amílcar se enoje con ella, porque sabe el sacrificio que hizo para mantenerse en los primeros planos. Sabe de su tesón y su calidad humana; su fuerza de voluntad “a prueba de balas”; su corazón, garra y empeño, atributos que la hacen notablemente dura, competitiva y peligrosa, al margen de ciertas carencias técnicas que a veces la complican y desdibujan. Como lo supo expresar hace poco Príncipi, en clara referencia al recordado filme protagonizado por Hillary Shwank y Clint Eastwood: «Oliveras y Brusa son parte de una historia de vida conjunta y armoniosa, en la que la comprensión, la protección y el cuidado fraternal mutuo parecen emular el guión de Millon Dollar Baby».
Para Osvaldo no quedan dudas que la jujeña cordobesa ha sido «la causante de una de las emociones máximas que pudo recibir su viejo maestro, a poco de cumplir 90 años, consagrándose campeona de los livianos y siendo la décimo quinta monarca mundial dirigida por el notable entrenador de Carlos Monzón». Tal es el compromiso alcanzado entre ellos, que “Locomotora” ya fijó su domicilio en la ciudad de Santa Fe (donde llevaba, al momento de ganarle a Palmera, un año y medio como residente) y se siente una santafesina más. «Profe no diga más que Santa Fe ha dado siete campeones mundiales, porque somos ocho; yo ahora vivo acá, trabajo acá, entreno acá y me voy a quedar acá», dice orgullosa.
Nacida en la localidad de El Carmen (Jujuy), el 20 de marzo de 1978, Alejandra ya sabía lo que era ser campeona mundial, porque anteriormente lo fue en kilaje supergallo (55,338) y en la versión del CMB. Se coronó al vencer a la encumbrada anfitriona Jackie “La Princesa Azteca” Nava en el Palenque del Hipódromo de Tijuana, México, el 20 de mayo de 2006, cuando todavía era una novata de 7 peleas y casi nadie sabía que ella existía. Hasta la fecha, a pesar que el boxeo de Argentina ha dado doce campeonas mundiales (entre regulares e interinas), sólo Oliveras se coronó en el exterior y contra una titular reinante, porque las demás consagraciones, incluyendo la inicial de Marcela Acuña en el ámbito de la AMB (aunque luego consiguió regularizar y unificar cinturones), fueron todas a través de títulos vacantes y combatiendo en Argentina.
Palomas, gavilanes y pavos reales
Una de las cosas que caracteriza a Brusa son sus frases clásicas o «de cabecera», las que fue acuñando con tanta fuerza expresiva, que a esta altura se han convertido en verdaderos axiomas pugilísticos, ideales como para componer “El Pequeño Brusa Ilustrado”. Una de esas manifestaciones honra el origen de su fama y al protagonista que jerarquiza cada una de sus presentaciones, sea en el ámbito que sea: «Monzón abrió las puertas a mi nombre en el mundo entero; donde voy y lo nombran, automáticamente me mencionan a mí con respeto y reconocimiento; soy un eterno agradecido por eso». «Todo el éxito se lo debo a mis pupilos, a todos y a cada uno de ellos; si transito por la vida respetado y reconocido es por ellos; he recorrido gran parte del mundo, y bien, gracias a ellos», es otra de sus expresiones favoritas. Como la siguiente, en la que sale en defensa de una actividad muchas veces denostada y vilipendiada: «Los boxeadores no surgen de las universidades, ni de los conventos, ni de los colegios de monjas, vienen de los barrios más humildes y carenciados, donde pasan demasiadas privaciones y miserias; muchas veces, la primera ducha con agua caliente se la dan en un gimnasio y allí se calzan el primer par de zapatillas; por eso, verlos con el tiempo, y gracias al boxeo, tener una casa, comprarse un auto o constituir una familia, me llena de sano orgullo y satisfacción».
«Todo aquel que va por derecha se va a llevar bien conmigo, de lo contrario no; las estupideces a mí no me van», repitió infinidad de veces. No es para menos, ya que para él está bien claro que «el boxeador que hace lo que quiere, hace lo que no debe». Evidentemente, el cuerpo siente el trajín y hay que tenerlo listo siempre, porque «los golpes entran pero no salen, no son píldoras, ni vitaminas, ni manjares». «Esto no es grupo, con la falta de disciplina vienen las excusas y con estas, muchas veces, las derrotas; es cierto, las derrotas a nadie le gustan, pero sirven para mejorar y crecer; pero, ojo, en ese caso el único amigo que es buen consejero es el gimnasio,… el nunca te va abandonar o defraudar».
En cuanto a dichos o refranes de propio cuño, Amílcar tiene varios que lo caracterizan, como cuando dice «comió pichón», una expresión que utiliza para resaltar a un boxeador que le pusieron de rival un “paquete” o probador de poca monta. «Ese es un cuatro de copas», dirá luego, para significar que se trata de un pugilista del montón, que no vale gran cosa o del que no vale la pena esperar mucho. « ¡Están hechos unas cocineras gordas!» es la frase que se reserva para los pesos pesados que presentan un estado físico deplorable y sólo muestran “pura panza”. «Avanza como un arbolito», dirá del peleador que no sabe hacer cintura y no esquiva los golpes del rival.
«Así no se puede trabajar, todos quieren palomas para sus gavilanes», es uno de sus mensajes predilectos desde que retornó a Santa Fe. Está destinado para los managers de Buenos Aires que sólo quieren “engordar” el récord de sus figuras a costillas de los púgiles del interior del país. «Esos son unos pavos reales», dicho dedicado a los figurones de turno, por lo general promotores o empresarios que quieren colgarse del saco de algún boxeador estrella. Para el final queda otras frase que utiliza mucho y que también lo pinta de cuerpo entero, porque no soporta que los pupilos o colaboradores estén de brazos cruzados dentro del gimnasio: «Señor… ¿Un cafecito?». Si encuentra a alguien que no está haciendo nada, se lo hace saber enseguida.



































