Pero esa no era la única devoción de Betty: la otra era la excelencia en la enseñanza del ballet. Con ella se va una manera de entender la formación artística: sincera, sin concesiones, políticamente incorrecta para mucha gente. Con su andar cansino y su picardía, era lo más parecido a una maestra rusa de antaño. Era exigente hasta el dolor (sus ex alumnas la recordarán, además de con el corazón, con los dedos, los empeines y muslos),y no le temblaba el pulso en decirle a una nena de 12 años que sus condiciones o su cuerpo no eran para el ballet: que estaba para otra cosa, o para otro tipo de danza. Pero quienes pasaron los filtros tocaron la gloria al menos por un rato: Luciana Barrirero llegó a ser primera figura del Teatro Colón, donde también llegó la esperancina Larisa Hominal; Julieta Paul llegó a ser primera bailarina del Teatro Argentino de La Plata; Naike Agostina Oneglia, ganadora del Prix de Lausanne 2006, integró el Ballet Concierto creado por Iñaki Urlezaga; Matías Oberlin se destacó en el Ballet de Hamburgo, Alemania. También Noel Sbodio, ex integrante del Ballet Nacional de Cuba (hoy gestora cultural y redactora de la Ley Nacional de Danza).