Un nombre enigmático promete una obra oscura, algo que choca con la música tropical que se escucha antes de ingresar a la sala. Una vez adentro, nos recibe una escena de teatro físico: una tensión entre dos cuerpos que ocupan el espacio de manera desigual: la actriz más baja en zapatillas, la más alta en tacos (que la obliga a repartir el peso corporal de una manera particular) confrontan como dos arañas, a la manera del ejercicio de Stanislavski con aquellos dos escorpiones que “bailan” cara a cara para no ofrecer un flanco débil, todo para representar a dos mercaderes tomando el té.

































