“En busca del tiempo perdido” ha sido comparada con una catedral gótica, con una sinfonía, con un poema que no pierde tensión a lo largo de siete tomos. En verdad se trata de un paradigma de todos los logros que el género novelístico se propuso desde Cervantes. Y entre esos logros, el más insigne es otorgar al lector el don de vivir otras vidas, nacer a otras vidas y morir en otras vidas. Además, como sucedió con los grandes renovadores del género de principios del siglo XX (especialmente Henry James y James Joyce), Proust se apropió de recursos hasta entonces apenas utilizados, como el singular uso del punto de vista del narrador. De manera que, en el caso de la novela de Proust, el logro no sólo es permitir vivir la vida de un individuo inmerso en una ociosa capa social a finales del siglo XIX y comienzos del XX, como algunas lecturas superficiales quieren ver, sino que su virtud es sumergir al lector en un universo que pareciera pertenecer a otro cosmos y que, en lo esencial, es idéntico al nuestro, como escribió Gide, a quien le costó entender la grandeza de Proust: “Proust es un hombre con mirada infinitamente más sutil y atenta que la nuestra y que nos comunica también una mirada similar mientras lo leemos”.