En el libro se va delineando la figura del sabio salvaje, el sol salvaje, los salvajes que rompen teatros bailando, el poeta salvaje... me puse a pensar en ese adjetivo, en qué hace que lo tome como nombre, o mejor dicho: que ese adjetivo me anude como un nombre. Y recordé una viejísima lectura mía de Claude Lévi-Strauss, “El pensamiento salvaje”, que reapareció mientras intentaba decir algo para otra cosa que estoy escribiendo, donde en uno de los capítulos me refiero a la identidad villera de René Orlando Houseman, y a partir de apreciaciones de otros (porque no soy entendida en fútbol) empecé a preguntarme: ¿cuánto del estilo de Houseman -ese wing derecho imprevisible que podía ocupar todas las posiciones porque fluía en la cancha, improvisando- le venía de ese ser-a-la-mano que es el hábitat de la villa, un aquí y ahora donde hay que inventar con lo que se tiene? Como si la precariedad material habilitase una especial creatividad de bricolaje, que es muy a grosso modo la tesis de “El pensamiento salvaje”. Antes de leerlo, yo había inventado con un amigo el término “McGyverismo” para nombrar nuestro modo de hacer arte sin un peso, collages con basura encontrada, por ejemplo, y esto del pensamiento salvaje es un modo de producir que hallo característico de nuestra región del Litoral, sobre todo de sus artistas marginales que ahora son canónicos: las arcillas de Kiwi, las lacas de Beatriz Vallejos, los dibujos de Fernando Espino, las esculturas en alambre de Hugo Padeletti (fan de Espino), los collages de Estela Figueroa... Todos los que nombré, menos Espino, son poetas, hoy merecidamente reconocidos. Con todos ellos me identifico en un modo de hacer a la intemperie, en lo abierto, en lo salvaje entendido también como habitar lo inhabitable; vivir “la vida precaria”, como escribió Hugo Padeletti para una de sus exposiciones de esculturas en materiales encontrados.