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Daniel Guebel

El rey lloró y le contó su dolor

Random House editó lo más nuevo del creador de “La vida por Perón” y “Un crimen japonés”. “El rey y el filósofo”, contó el autor a El Litoral, “es de los pocos libros claramente humorísticos y felices que escribí”.

El rey lloró y le contó su dolorEl rey lloró y le contó su dolor

Lunes 14.8.2023
 14:07hs
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Leonardo Pez
Por: 
Leonardo Pez
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Escenarios y Sociedad

Random House publicó semanas atrás el flamante libro de Daniel Guebel, “El rey y el filósofo”. A propósito de la obra, el escritor conversó con El Litoral. Los vectores del intercambio verbal fueron los orígenes de la obra que se centra en el encuentro del “Rey Sol” y el multifacético pensador alemán. Es decir: la soledad de Luis XIV, la teoría de las mónadas de Gottfried Wilhelm Leibniz, las temporalidades en juego y los cruces con la historia política argentina.

Círculos

Daniel Guebel tiene una teoría. La literatura responde a los dos movimientos básicos del universo y del corazón. Sólo podés operar de dos maneras, dice, desde la expansión o desde la condensación. Así funciona “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, ejemplifica el autor.

Su última producción, “El rey y el filósofo”, respira con ese sistema de fuelles que describe el autor. De acuerdo a lo que vaya requiriendo la historia. Empecemos por la arquitectura del palacio de Versalles. Salas, salones, patios, gabinetes, habitaciones. “Es un espacio de circulación cerrado y, a la vez, infinito”, explica Guebel. De allí, se desprende otro espacio en el que circulan las almas. “Es una novela leibniziana en el sentido de que son versiones y versiones de versiones de las mónadas. Cada idea es una mónada. Cada habitación también lo es… y esa circulación es interminable”.

Daniel también habla de la deriva como método. Y cita el caso de la máquina de Marly. Titánica e inacabable construcción cuyo fin era desviar el agua del Sena hacia Versalles. Sin embargo, resultó de utilidad para otra cosa. Para pensar en un modelo de observatorio astronómico. “La deriva de una novela te permite incorporar elementos que, en primera instancia, no parecen concurrentes”, recupera el dramaturgo y periodista.

La red

Desde la primera carta del amanuense, Johann Georg von Eckhart, al Elector de Maguncia, Johann Philipp von Schönborn, hasta la última del agregado militar en Hannover, Roger Villeneuve, al Primer Cónsul de Francia, general Napoleón Bonaparte, fluye más de un río narrativo. Ríos del lenguaje. Se va armando un rompecabezas de psicologías, donde cada escribiente cede su protagonismo, y los personajes fulgurantes terminan siendo aquellos referidos por otros. mentados, por la intriga que provoca su silenciosa grandeza. Todo ello es velado por un género escurridizo como el epistolar.

Daniel recuerda que los primeros hilos de los que tiró le devolvieron un relato en tercera persona. “Después se me ocurrió que el narrador tenía que ser un secretario de Leibniz. El típico narrador testigo. No el propio Leibniz por un sencillo motivo. Era un sujeto que poseía tantos saberes, que su escritura tenía que estar completamente marcada por ellos. Esos saberes no están a mi alcance. Era mejor que lo contara alguien que no terminara de entender del todo. El secretario de Leibniz es resentido, tiene problemas y es pasible de ser engañado. Como él no comprende todo, es víctima de intrigas del palacio, trata de conspirar también y empieza todo a tejerse en una red que parece escrita para complacencia de los servicios de inteligencia argentinos”.

Qué me importa

En la corte de Luis XIV, hubo un hecho sonado, la muerte de la reina María Teresa de Austria y Borbón. Su esposa. La noticia fue conocida como “el caso de los venenos” -de acuerdo a la traducción, también se lo puede encontrar como “el asunto de los venenos”-. Mientras estas líneas se dejan caer sobre el teclado, resuena "El rey de los venenos”, manifiesto toxicológico del inolvidable Enrique Symns. Guebel reconstruye. “En el palacio de Versalles había un tráfico clandestino, circulaban pócimas con estimulantes, venenos y perfumes. Cuando se abrió la investigación había doscientos implicados. Era una red interminable. Un dilema policial, el crimen del cuarto cerrado. Borges y Bioy Casares inventaron el detective que resuelve crímenes desde la cárcel. Versalles también era una cárcel”.

Otra vez la expansión, la deriva. Daniel se asume como un escritor que no leyó demasiado policial. Nunca entendió ni le importó la resolución del crimen, me dice en primera persona. “Siempre la resolución del misterio me pareció inferior a la arquitectura construida para generarlo. A mí qué me importa quién mató a alguien en una novela. Me importa el sistema de indagaciones, inferencias, delaciones, ocultamientos. Etcétera”.

Dicho esto, empero, Guebel se viene sabiendo en orillas próximas al género policial. Y, a la par de “El rey y el filósofo”, trae a colación “Un crimen japonés” (2020). Sobre este último, reseña: “Es una especie de Hamlet en Japón, con la diferencia de que el criminal nunca se revela y la investigación dura lo que dura toda la novela”. Respecto al libro que nos convoca, repone: “Preguntas, intentos, inferencias e investigaciones se posponen y derivan una en otra. La pregunta que yo tenía como autor era ¿por qué alguien va desde Alemania para convencer al rey más importante de la época de que invada un país? ¿Por qué le ofrece ese negocio por mandato de Leopoldo I? Y las respuestas me las fui dando. No sé si es cierto lo que puse en mi novela, pero creo que es bastante verosímil”.

“Es una novela leibniziana en el sentido de que son versiones y versiones de versiones de las mónadas”, devela el autor. Foto: Gentileza Random House

Decir y hacer

En el tránsito de la obra, Daniel Guebel le permite al Rey de Francia y Navarra probar distintos trajes históricos -incluso posteriores-, como los de Perón y Evita. Se lee por allí: mejor que decir es hacer. En otro tramo: donde existe una necesidad nace un derecho. “Luis XIV es un modo particular en que Perón apareció en la novela”, asume el autor. “Luis XIV fue moderno. Inventó el turismo al crear el alumbrado público nocturno. Lo hizo para que los restaurantes estuvieran abiertos hasta tarde y la gente pudiera circular por París”. Además, prosigue el escritor, “Versalles es una reversión de la carpa de Menem. Luis XIV construyó un sistema político que dotó de encanto cortesano. Metió ahí a la aristocracia francesa y la debilitó con un sistema de exacciones. Podés ligarlo a la Teoría del Intercambio Desigual”.

-Simón Arnauld (Marqués de Pomponne, Ministro de Relaciones Exteriores) escribe a Leibniz algo que le encomendó Luis XIV: “El lujo verbal es la primera necesidad” (2023:89). La frase, con una resonancia oblicua a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, evidencia dos líneas narrativas: cómo la forma (¿el lenguaje?) erosiona el contenido y cómo opera la soledad en los poderosos.

-Casi no es casual que lo último que pide Luis XIV a Leibniz es que le fabrique una lengua artificial, una lengua del poder.

La cita secreta de esa parte es la canción de Sui Generis, “Para quién canto yo entonces”. Es una pregunta que me estaba haciendo. El sentido del texto se despliega en su forma. Además, hay siempre un sentido implícito de toda escritura que es el acto mismo de escribir. Escribo para escribir.

Pero hay un momento en que aparece el asunto secreto, la pulsión más íntima, el punto de desgarro o emoción. ¿Estoy escribiendo un libro sobre la frivolidad? No, estoy escribiendo el libro de un tipo que se va a morir. Se muere tres o cuatro veces en la novela, finge, ensaya, y no tiene un puto amigo. La demora de Luis XIV es una evaluación de si vale la pena o no encontrarse con Leibniz. También para divertirse con los relatos. Luis XIV pasa de ser Shahriar a ser el Scheherezade de Leibniz.

Dos renglones

¿Qué lugar ocupa “El rey y el filósofo” en el orden emocional para Guebel? “No sé”, se sincera Daniel. “Pero puedo decir que es parte de los pocos libros claramente humorísticos y felices que escribí. Lo escribí de muy buen humor y eso se nota. Entra en el ciclo del desafuero del lenguaje donde todo es posible de ser dicho. También pertenece al orden de los libros que permiten construir personajes que se sitúen a sí mismos dentro de esas posibilidades. Para Luis XIV, como todo o casi todo es posible de ser hecho, todo es posible de ser dicho. Tal vez hay algo rabelaisiano, en la binariedad y el sistema opositivo, que no acepto ni puedo registrar. Es una sospecha”.

La última publicación del artista bonaerense tiene, también, otras raíces. “Mi proyecto inicial era escribir una especie de historia universal de los grandes conquistadores de la humanidad. Atila, Gengis Kan, Julio César, Pompeyo, Jerjes, Darío, Alejandro Magno. Desde los 18 años tengo ganas de escribir una novela sobre Alejandro, pero al mismo tiempo sé que hay infinidad de libros sobre él”, cuenta Guebel.

De algún lugar, saca un ejemplar de “Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia” y lo acerca a la pantalla. Por lo tanto, retoma el hilo lingüístico, “eso me disuelve un poco la temática. La idea del ciclo deriva del absoluto, la historia de seis generaciones. Una historia de sujetos ligados a una práctica, no a una familia. De golpe, caigo en Luis XIV y Leibniz. Y me encontré con una anécdota que había sintetizado en dos o tres renglones: la visita de Leibniz a Versalles para hablar con Luis XIV de la posibilidad de que Francia conquiste Egipto. Me había olvidado por completo”.

No dado

-Además, la trama permite visualizar cómo el presente convierte en ridículas ciertas costumbres de épocas pasadas.

-Cualquier cosa vista con cierta distancia resuena como extraña y anacrónica. Por eso, tal vez, yo tengo predilección por los tiempos pasados. Porque me permite considerar cada momento como singular, no tenerlo como dado. Hay una especie de naturalización del presente de los hechos, de las costumbres, de las modas, del curso del presente, que nos vuelve como propio lo que no es más que fenoménico o histórico y coyuntural.

El espíritu de la época manda en lo contemporáneo a distintos modos de escritura. Así como hace 30 años se discutía sobre las relaciones entre el psicoanálisis y el marxismo, ahora la discusión es sobre el liberalismo versus el estado o sobre el feminismo. Son imperativos categóricos de cada época a los que los escritores no escapan si no escapan. En todo caso, le encuentro zonas de la realidad contemporánea, siquiera como cita transfigurada, yéndome más lejos, pensando de otra manera. Lo cual tampoco es un mérito mío, se me impone así.

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