El trabajo de campo permitió documentar una experiencia escolar afectada por la precariedad, tensión y agobio del encierro, pese a lo cual observé cómo, el tiempo en las escuelas se organizaba, fundamentalmente, a partir de las actividades de enseñanza propuestas por los docentes. Vos dirás, “una obviedad”, pero no, sabemos que no lo es. En el libro utilizo la metáfora sobre la caza furtiva, elaborada por Michel de Certeau en su libro La invención de lo cotidiano, para comprender la relación de los estudiantes con el conocimiento escolar. Ir a la escuela, era para ellos ir “a la caza”, de los conocimientos escolares. Una “caza” que, por ser furtiva, se produce desde un lugar de subalternidad, pero cuyo efecto termina alterando, al menos en el plano simbólico y subjetivo, algo de esta posición. Una “caza” que es sagas, que es creativa; porque a través de la oralidad y de la escritura (dos tesoros invaluables en el contexto de encierro), pero también a través de silencios, interrupciones, desplazamientos, gestualidades, los estudiantes estaban participando en la construcción del conocimiento escolar, estaban haciéndolo propio. Entonces, apuntando un poco a donde iba tu pregunta, considero que ir a la escuela era para los detenidos participar en la construcción de una institucionalidad no punitiva. Retomo aquí a Verónica Frejtman, referente en los estudios sobre educación carcelaria desde la perspectiva de derechos en Argentina.