—Ha cambiado mucho. Si piensas en muchas de las mujeres que están más o menos involucradas en las iniciativas, en los primeros años había muchas lágrimas, mucho llanto. Después de diez años eran los hombres que lloraban, y las mujeres tenían más celebración de fiesta, celebraban lo que habían conquistado. En los últimos años lo que se ve, no tanto en el interior de las mujeres que trabajan en teatro sino en el mundo, es que ha crecido una guerra en contra de las mujeres. Antes estaba el problema de la igualdad, de encontrar espacios, pero ahora es diferente: es como si el hecho de que las mujeres han encontrado una propia autonomía ha puesto en crisis un equilibrio que había y en el tratar de encontrar un nuevo equilibrio hay mucha violencia, mucha reacción en contra.
Hay muchos hombres que no saben cómo gestionar la pérdida de una identidad propia, porque con la autonomía de la mujer el hombre pierde un poco el rol de protector, no necesariamente de “padre padrone”, pero sí la persona que cuidaba la familia, que ganaba el dinero. Todo eso hace que los temas en los que han vuelto a centrarse los espectáculos tienen mucho que ver con esa violencia: mujeres que desaparecen, feminicidios.