Por Natalia Pandolfo npandolfo@ellitoral.com Las manos cruzadas detrás de la espalda, un silbidito perenne y un chiste al paso: ésa era su estampa. De la guerra no hablaba: una vez, cuando logró escapar de los alemanes y volvió a casa, empezó a contar cosas. Su mujer le dijo que se callara: que lo iban a tildar de loco. Entonces selló sus verdades para siempre. El nono Giggio siempre tenía cuatro años. —¿Cuántos años tenés, nono? —Cuatro. Decía, y se reía bajito. La memoria se le había perdido en el colador de los años. Allá, mucho más allá en el tiempo y en el espacio, en la primera guerra y en Italia, había sido soldado alpino. Guardaba una condecoración por ello. Guardaba también el amor por su tierra, Pederobba, su pueblito de montañas de postal perdido en un rincón del Véneto. Después vino la segunda, y lo agarró trabajando en las minas de carbón en Alemania. Los dos países eran aliados, pero cuando esa unión se rompió, la historia lo encontró del lado equivocado. Fue prisionero de guerra en algún campo de concentración que podría ser Auschwitz o cualquier otro. Cavaba trincheras. —Yo vi cómo se llevaban a los hombres y a las mujeres y a los chicos para matarlos en cámaras de gas. —No cuentes, no digas nada. Van a decir que sos un loco. Los fragmentos de la historia llegan en retazos como esquirlas. Nadie sabe cómo logró escaparse. Alguna vez contó que caminó kilómetros junto a un compañero, y que para pasar la frontera se pintaron los dedos de los pies con una especie de lápiz violáceo, para que pareciera que se estaban congelando: a esos los dejaban pasar. La nona contó que cuando él regresó -dos años y muchas vidas después- no lo conocieron. Estaba tan flaco que era otro. Ella se había quedado sola con dos hijos chicos, traficando tabaco en los trenes y lavando ropa ajena para sobrevivir. Había tenido que alojar a alemanes que le exigían comida, que no había. Una vez estaba cocinando y el aceite rebasó la olla: ellos creyeron que quería quemarlos y le pusieron el revolver en la cabeza. —No cuentes. No digas nada. En noviembre de 1948, cuando lograron juntar unas monedas, se treparon al barco que enfilaba para América. Aquí estaba su hermano, que lo hizo entrar en el Molino Marconetti. Y había un garaje en la zona de Jardín Mayoraz que les prometía cobijo. Al año habían comprado un terreno y levantado sus paredes. A lo último andaba silencioso, las manos cruzadas, la cabeza quién sabe dónde. Silbaba. No creía en Dios ni en la política, pero su rostro emanaba paz. Si alguien le preguntaba por la guerra, meneaba la cabeza y callaba. Abría la puerta de la heladera y se quedaba tildado viendo todo lo que había. Se desvivía por los chicos de la familia: eran su debilidad. Los años se fueron y él nunca contó. Después, la arteriosclerosis arrasó con sus recuerdos como un vendaval. Murió en 1981. Por la casa aún da vueltas una cucharita de aluminio con la esvástica grabada.




