-La verdad es que no me salió de otra manera. Intenté hacerlo en narrativa y no me salió. La narrativa exige explicar muchas cosas, completar muchas zonas. A veces sociales, a veces psicológicas o emocionales. Mucha historia de fondo que a veces no aparece de por sí, pero la narrativa exige cierta presencia a eso. En cambio, la poesía no. Lo que entra en el verso, entra y lo que no, no entra. Eso la vuelve muy esencial. Entonces decidí intentar un aire parecido al Martín Fierro. Lo intenté en versos de ocho y no salió. Sentía que no me entraba nada en ese formato. Más adelante, me dí cuenta de que el verso de ocho no es un verso de ocho, es un verso de dieciséis. “Aquí me pongo a cantar, al compás de la vigüela”, son dos versos de ocho que suman dieciséis. En realidad, tenés que tratar de meter tu fraseo en versos de dieciséis. Hernández lo hace genialmente. Pero manejo el verso de once, había escrito mis “Pornosonetos” con ese formato, entonces decidí intentarlo. Y fluyó como agua de manantial. Fue increíble, muy claro para mí. Inclusive le dio un tono épico a la historia. El formato se prestaba mejor para el tono onírico, pesadillesco. Además, el soneto tiene algo parecido a escribir con un amigo. Pensás una idea y la forma te contesta. Eso te destraba mucho.