Un día, cuando era solo un adolescente, Paolo Sorrentino lo perdió todo. Sus padres, por un accidente doméstico, y su juventud. Poco después, abandonó Nápoles, se marchó a Roma y se hizo director. Acumuló aplausos, un estilo personal, mezcla de ironía, exceso y hermosura, y hasta un Oscar por La gran belleza. Y al fin se sintió listo para filmar aquel dolor. Ningún premio le devolverá lo que el destino le quitó. Pero Fue la mano de Dios, su película más íntima, y el León de Plata Gran Premio del Jurado constituyen todo un homenaje a la familia de la que se despidió demasiado pronto. Tanto que el cineasta se emocionó. Recordó a su mujer y sus hijos, al equipo del filme y, cómo no, a Maradona. Y compartió: “El día del funeral de mis padres el director de la escuela mandó solo a cuatro compañeros en representación de toda la clase. Me sentó fatal. Pero ya no importa porque hoy ha venido toda la clase, que sois vosotros”. Ante de lanzarse hacia su proyecto más arriesgado, además, Sorrentino se quitó la red de protección: renunció a varios de los sellos fílmicos que le hicieron tan famoso. Fue la manos de dios no se obsesiona con buscar planos bellos y se centra en un joven (Filippo Scotti, premio Marcello Mastroianni al mejor intérprete revelación), en lugar de su galería de hombres en declive. Sí se mantiene lo más característico del cine, y de la manera de ser, del director: la unión de lo sublime y lo terrenal.