Roberto Schneider

Roberto Schneider
Una mujer obsesionada con la limpieza de su vereda monta guardia en su ventana. Una guerra se desata contra los vecinos y perros del barrio que le cagan la vida. Esta es, en síntesis, la línea argumental de “Perricidios”, de Lisandro Ruiz, obra estrenada en el Foro Cultural Universitario. Plantear un hecho tal vez tan antiguo como la existencia del ser humano -la envidia- en nuestros días entrañaba más de un riesgo. Ruiz toma la punta del ovillo y una circunstancia es el detonante para encausar la historia escénica que se ofrece.
El cuadro que pinta el autor es patético en más de un sentido. Construye también una denuncia feroz que se escuda en hechos aparentemente cotidianos y normales. Ruiz muestra bajo la pátina del humor permanente un fresco feroz que alcanza sus puntos culminantes en escenas de buscado efecto. En rigor, “Perricidios” importa por lo inquietante de su contenido y consigue mantener el interés.
Teatralmente, la obra vale por su acierto estructural. Clima, personajes y el ritmo preciso transportan a una auténtica toma de conciencia cuando se toma lo que sucede riendo mucho para reflexionar después. El humor hiriente que plasma el texto permite al autor plantear críticas demoledoras. El tiempo parece no haber transcurrido y “Perricidios” no intenta encontrar soluciones al clima imperante, simplemente ahonda en el trazo de sus protagonistas. Ruiz nos dice que el ocultamiento, el disfraz, el lugar preponderante de la hipocresía en la sociedad y la mentira son procedimientos para que la realidad siga como está y no cambie. Como una forma de ceguera.
Así, una historia que podría ser tildada de oportunista plantea su esencia de desesperación del hombre en lucha desigual contra un destino de injusticia. Las criaturas del autor viven su circunstancia e ingresan en lo irracional. Cuando las cartas están jugadas, el crescendo eclosiona en escenas hábilmente concertadas. Y con mucho humor.
La puesta en escena es de Jesica Sáez y resulta impecable. Dirige la totalidad con acierto y obtiene muy buenos resultados. Contó para el logro mayor de su trabajo con dos actores excelentes, que se sacan chispas sobre la escena, en un duelo en el que sale victorioso el espectador. Roberto Francucci y Lisandro Ruiz se lucen en todo momento y disfrutan de sus labores. Asumen sus roles con profesionalidad, basada en una entrega absoluta. Ambos se erigen en protagonistas sólidos de sus criaturas. La escenografía de Santiago Iriel suma aciertos y sobresalen las luces de Cristian Buffa.
La obra no trata sobre la envidia. La envidia nos conduce también a la indagación sobre las relaciones entre la conciencia individual y el ejercicio de nuestros comportamientos. El teatro, como en éste y otros casos, da cuenta de los grados de fortaleza que los individuos tenemos para afrontar la vida. Cuando el humor es protagonista, las criaturas que están sobre la escena están chochas. Nosotros aplaudimos.




