"Las modas son legítimas en las cosas menores, como el vestido. En el pensamiento y en el arte son abominables".
En 1946, Ernesto Sábato ofreció una charla sobre el Renacimiento en el Museo Rosa Galisteo. Leída hoy, demuestra una forma de pensamiento que anticipó los dilemas que hoy se reeditan en la era de la inteligencia artificial.

"Las modas son legítimas en las cosas menores, como el vestido. En el pensamiento y en el arte son abominables".
Planeta acaba de reeditar dos de los textos más emblemáticos de Ernesto Sábato: "La resistencia" y "Antes del fin". Volver a leerlos quince años después de la muerte del autor -ese final que él intuía cercano y que parecía intentar postergar mediante la escritura- es un ejercicio tan revelador como inquietante.
Resulta asombroso comprobar hasta qué punto las preocupaciones que atraviesan esas páginas conservan una vigencia casi profética.
El vértigo de la posmodernidad, la incomunicación, el debilitamiento de los vínculos, el culto al individualismo y el predominio de la técnica sobre la condición humana aparecen formulados con una lucidez que hace pensar, por momentos, que esos ensayos fueron escritos para interpretar el presente.
Por eso la voz humanista de Sábato se vuelve hoy tan necesaria. La del pensador que escribió: "Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se derrumbe, estará preocupado por el Universo. Habrá siempre una mujer tal que, aunque el Universo se derrumbe, estará preocupada por su hogar". Una mirada que trasciende la coyuntura.
Es inevitable preguntarse qué diría frente a los grandes dilemas de 2026: la irrupción de la inteligencia artificial, el poder de las redes sociales, la polarización política, el fenómeno de Javier Milei, la crisis educativa o la creciente ansiedad que atraviesa a las nuevas generaciones.
El ejercicio es, desde luego, contrafáctico. Sus libros ya contienen muchas de las respuestas posibles. Sin embargo, cuesta resignarse a no poder escuchar al intelectual con esa mezcla de profundidad filosófica y agudeza crítica que lo caracterizaba.
Sería fascinante verlo discutir si la inteligencia artificial representa una conquista del conocimiento o un nuevo paso hacia la deshumanización; preguntarle si todavía cree posible reconstruir el diálogo o si conserva alguna esperanza frente al avance de una lógica que reduce al ser humano a la productividad y al consumo.
Tal vez la única manera de atenuar esa ausencia sea volver sobre su obra. O recuperar episodios menos conocidos de su vida, como su paso por Santa Fe durante la juventud: un capítulo casi ignorado por el gran público, pero de relevante para comprender al hombre que llegaría a ser una de las conciencias más lúcidas de la Argentina.
Fue en octubre de 1946, en la Sala de los Constituyentes del Museo Provincial Rosa Galisteo de Rodríguez. Presentado por el entonces Director General de Bellas Artes, don Horacio Caillet Bois, se refirió a. la mentalidad nacida en el Renacimiento.
Sábato utilizó el Renacimiento como punto de partida para pensar el origen de la modernidad y de muchos de los conflictos que, según él, todavía condicionaban a Occidente. Su tesis era que el Renacimiento no había sido un milagro cultural espontáneo, sino la consecuencia de profundas transformaciones.
El surgimiento de la burguesía, la expansión del comercio, el desarrollo de la banca y la irrupción del dinero como fuerza dominante alteraron para siempre la forma en que el hombre se relacionó con el mundo. En la conferencia explicó que el dinero dejó de ser un simple instrumento para el intercambio y comenzó a convertirse en un fin en sí mismo.
Ese cambio, sostenía, modificó la economía y la manera de concebir el tiempo, el espacio y el conocimiento. El tiempo pasó a adquirir un valor económico y el espacio dejó de ser realidad simbólica para pasar a ser territorio medible, conquistable y explotable mediante la ciencia y la técnica.
Para Sábato, allí nacía una nueva mentalidad. El afán de comprender el universo cedía lugar al deseo de dominarlo. La ingeniería desplazaba a la metafísica, la eficiencia comenzaba a imponerse como valor supremo y el conocimiento se orientaba cada vez más hacia la utilidad práctica.
Leonardo da Vinci aparecía como el símbolo de ese momento histórico. Un artista extraordinario, pero también un ingeniero, un inventor y un científico capaz de englobar las aspiraciones de una época que descubría el inmenso poder de la razón.
Sin embargo, el escritor no proponía una condena simplista del progreso. Reconocía que aquella revolución había impulsado algunos de los mayores avances de la civilización occidental.
Incluso cuestionaba a quienes, como Paul Valéry, despreciaban el pensamiento filosófico por considerarlo ineficaz, recordando que los grandes descubrimientos de la física moderna habían nacido precisamente de profundas reflexiones filosóficas sobre el espacio y el tiempo.
Lo que inquietaba a Sábato era el precio espiritual de ese proceso. Advertía que la misma mentalidad que había permitido el extraordinario desarrollo científico y tecnológico también había iniciado una creciente escisión entre el universo de la técnica y el mundo del ser humano.
Leonardo había logrado conciliar ambas dimensiones porque vivió en una época en la que el saber todavía podía abarcarse de manera integral. El hombre contemporáneo, en cambio, parecía condenado a una especialización cada vez mayor y a una existencia fragmentada.
Leído hoy, el diagnóstico resulta muy actual. Donde Sábato veía el predominio del dinero, la eficiencia y la racionalidad instrumental como rasgos constitutivos de la modernidad, hoy podrían agregarse los algoritmos, la inteligencia artificial, las plataformas digitales y la economía de la atención.
Cambian las herramientas, pero permanece la pregunta que está presente en toda su obra y que tiene que ver con las estrategias para impedir que el progreso técnico aplaste aquello que es propio del hombre.
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