La frontera norte de México, que le une con Estados Unidos, o le separa, según quien gobierne, no es la mejor linde para el coronavirus. Pero de haberla cerrado, Barrientos bromea diciendo que debió haber sido en los años ochenta, porque ahí empezó la fatídica curva ascendente de la obesidad, “con el tratado de libre comercio de mercancías y el acceso a comida rica en carbohidratos e industrializada”. “Hoy todo el mundo culpa a las tortillas, pero eso no es cierto. La culpa es de la comida calórica empaquetada, de un aporte graso que antes no estaba tan presente en la dieta mexicana”. Y los refrescos. Barrientos tiene 44 años y recuerda que cuando iba a la preparatoria “los recipientes de las palomitas no tenían los nombres que ahora tienen: combo, combo familiar, que engordan con solo nombrarlo. Tampoco había, como ahora, grifos de salsas variadas para impregnar los copos de maíz que acompañan las películas. Pero no todo es culpa de la frontera norte, ni mucho menos, aclara. “Hemos cambiado mucho, antes la población era eminentemente rural y una alimentación más sana se unía a un gasto energético mayor. Ahora somo más sedentarios”.