El avión sube y se mete en el cielo de la Patagonia. Una hora y 40 minutos después, el comandante de abordo anuncia que comenzará a descender en Buenos Aires. Desde la ventanilla empañada se ve el gran Río de La Plata y la ciudad inmensa. Los edificios altos, los parques amplios, para los que llegan desde el interior todo es gigante. Salir de Aeroparque y meterse en las calles de la ciudad es como pasar las páginas de un libro extenso y atrapante. Comienzan a asomar sus aristas, gente que camina y conversa en todos los idiomas, con todas las tonadas, el latido moderno de sus bares, las avenidas eternas. Asados, tangos, pasado, presente y futuro en una ciudad fascinante.

































