Durante décadas, la Argentina miró el avance de China fundamentalmente a través de una planilla comercial: cuánto podíamos venderle, qué infraestructura podía financiar y qué productos baratos podíamos importar.
La relación con el gigante asiático, vital para la Argentina, se enfrenta a desafíos económicos y políticos. El país busca equilibrar intereses comerciales y soberanía nacional ante la creciente influencia china en sectores estratégicos.

Durante décadas, la Argentina miró el avance de China fundamentalmente a través de una planilla comercial: cuánto podíamos venderle, qué infraestructura podía financiar y qué productos baratos podíamos importar.
La República Popular China no compite bajo las mismas condiciones que las economías occidentales. Su aparato industrial combina planificación estatal, subsidios, financiamiento dirigido y una escala capaz de colocar enormes excedentes sobre los mercados internacionales.
La consecuencia para países con industrias más pequeñas puede ser devastadora: las prácticas de dumping y la sobrecapacidad industrial china forman parte de una competencia profundamente asimétrica.
Cuando ingresan bienes a precios con los que la industria nacional no puede competir, el consumidor obtiene un producto más barato. Pero la Nación puede perder algo infinitamente más difícil de reconstruir: fábricas, proveedores, tecnología, conocimiento y empleo calificado.
China ocupa hoy una posición central en la economía argentina. En el primer semestre de 2026 fue origen del 22,5% de nuestras importaciones y destino del 9,9% de nuestras exportaciones. El intercambio bilateral dejó, además, un déficit de 3.092 millones de dólares para la Argentina. Pero el problema excede la balanza comercial.
A lo largo de los años, la presencia china avanzó sobre infraestructura, energía, minería, telecomunicaciones y capacidades estratégicas. Cada operación puede parecer estrictamente económica; el riesgo surge cuando se observa el conjunto: la dependencia económica acumulada puede convertirse en capacidad de condicionamiento político.
Por eso la Argentina necesita iniciar un desacople estratégico. No se trata de una consigna emocional ni de ignorar que desmontar inercias de décadas tiene costos. Reducir la exposición a Beijing o profundizar vínculos con Taiwán puede tensionar el frente comercial o financiero en el corto plazo.
El desacople no será gratis ni inmediato, pero es un costo de transición que debemos asumir si queremos recuperar libertad de decisión.
El rumbo nacional debe ser claro: reducir progresivamente la exposición al poder económico del Estado chino; sustituir dependencias críticas en telecomunicaciones, minerales estratégicos, energía, infraestructura digital y sectores vinculados con la defensa; e impedir que Beijing adquiera posiciones irremplazables en la economía nacional.
En áreas de seguridad nacional, el precio más bajo no puede ser el único criterio. Perder soberanía siempre resulta más caro.
China no es una amenaza estructural únicamente por el tamaño de su economía, sino por la naturaleza del poder que proyecta. Como Estado de partido único, concentra poder político, económico y coercitivo y ha desarrollado herramientas capaces de proyectar determinadas pretensiones de su orden jurídico más allá de sus fronteras.
La Ley de Seguridad Nacional aplicada en Hong Kong ofrece un ejemplo particularmente revelador: su artículo 38 establece que determinadas conductas cometidas fuera de Hong Kong pueden quedar alcanzadas por esa legislación incluso cuando sean realizadas por personas que no poseen residencia permanente allí.
La extraterritorialidad jurídica no es patrimonio exclusivo de China; la cuestión decisiva es qué conductas persigue un Estado, bajo qué sistema institucional y con qué garantías. El concepto clave aquí es la represión transnacional. Estados Unidos ha advertido reiteradamente sobre operaciones atribuidas a Beijing para vigilar, intimidar o coaccionar a disidentes en el exterior.
En mayo de 2026, un jurado federal condenó a un ciudadano estadounidense por actuar ilegalmente como agente de la República Popular China en relación con la apertura y operación de una estación policial no declarada en Manhattan, vinculada al Ministerio de Seguridad Pública chino.
Cuando un Estado autoritario ejerce presión sobre personas que viven en sociedades libres, el autoritarismo deja de ser un asunto doméstico. Cruza la frontera. Y allí comienza, precisamente, la frontera política del Mundo Libre.
En junio participé en Taipéi del Global Cooperation and Training Framework dedicado a la construcción de democracias resilientes frente a la represión transnacional.
Representantes gubernamentales, fuerzas de seguridad, organizaciones de la sociedad civil y académicos de veintinueve países analizamos cómo los regímenes autoritarios utilizan tecnologías digitales, desinformación y coerción transfronteriza para intervenir sobre sociedades democráticas.
Taiwán está en la primera línea de este conflicto. Su valor excede ampliamente el mercado de semiconductores: es una democracia avanzada y una potencia tecnológica que demuestra que no existe incompatibilidad entre desarrollo asiático, innovación, prosperidad y libertad.
Por eso la Argentina debe profundizar sus vínculos con Taiwán en inteligencia artificial, semiconductores, innovación, educación y seguridad digital. No como un gesto simbólico, sino como una decisión estratégica.
La Argentina debe decidir dónde construir su futuro. Nuestra elección debe ser clara: el Mundo Libre, con Estados Unidos como socio estratégico central para construir una alianza de largo plazo en defensa, tecnología, energía, inversiones, ciencia y minerales críticos.
No se trata de reemplazar una subordinación por otra. Una Argentina industrializada, tecnológicamente avanzada y capaz de defender sus propios intereses es un socio mucho más valioso para Washington que un país débil y dependiente.
Los avances bilaterales de 2026 ofrecen una base concreta. El Acuerdo entre la República Argentina y los Estados Unidos de América sobre Comercio e Inversión Recíprocos incorporó compromisos específicos sobre minerales críticos, inversión estadounidense, industrialización local y reducción de dependencias respecto de actores que distorsionan los mercados.
La Argentina posee los recursos; Estados Unidos aporta capital, mercado y tecnología; Taiwán cuenta con uno de los ecosistemas de innovación más sofisticados del planeta. La oportunidad no es seguir exportando materias primas para importar después tecnología terminada, sino industrializar nuestros recursos dentro del bloque occidental y convertirlos en capacidad argentina.
Alinear la economía estratégica con Occidente requiere pragmatismo y firmeza.
1) Proteger la industria nacional frente a prácticas comerciales predatorias y a una competencia estructuralmente asimétrica.
2) Excluir de la infraestructura crítica aquellas dependencias tecnológicas que puedan comprometer nuestros datos, nuestras comunicaciones o nuestra seguridad nacional.
3) Diversificar mercados y fuentes de financiamiento para reducir la capacidad de Beijing de utilizar el acceso comercial o financiero como herramienta de presión.
4) Construir alternativas concretas junto a Estados Unidos, Taiwán, Japón, Europa y las demás democracias tecnológicas.
Durante mucho tiempo confundimos apertura con indefensión. Una Nación abierta compite, innova y atrae capital; una Nación indefensa permite que otros determinen qué produce, de quién depende y, finalmente, qué decisiones puede tomar.
La soberanía del siglo XXI no se juega solamente en las fronteras territoriales. También se juega en las fábricas, los algoritmos, los centros de datos, los minerales críticos, la energía, las telecomunicaciones y las cadenas de suministro.
China no necesita invadir la Argentina: le alcanza con que la Argentina llegue a necesitar demasiado de ella. Asumir la complejidad del escenario global no es una excusa para la parálisis. En el nuevo orden internacional, la neutralidad entre sociedades libres y un modelo autoritario expansivo es simplemente otra forma de debilidad.
La Argentina debe elegir el Mundo Libre, pero debe hacerlo de pie: como una Nación soberana, industrial, tecnológicamente avanzada y dispuesta a dar las batallas necesarias para asegurar su propio destino.
El autor es el director de la Fundación Diplomacia Ciudadana.
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