I
El racismo en Argentina es tema de debate. Con una población negra menor al 1%, la selección de fútbol refleja esta realidad demográfica y no una exclusión racial.

I
Alguien me escribe para convencerme de que el seleccionado argentino ha sido víctima de una conspiración urdida por la FIFA y otros poderes, tan invisibles como perversos, todos interesados en hundir a la selección blanquiceleste con los métodos más infames y tramposos. Raro.
Antes del partido con España, recibí un correo en donde me explicaban con pruebas y detalles que la FIFA estaba interesada en que el campeón del mundo sea Argentina y Lionel Messi sea coronado algo así como emperador del fútbol mundial de todos los tiempos.
Para conseguir ese logro todo estaría permitido: soborno, extorsión, árbitros comprados y vaya uno a saber que otra maniobra más. Conclusión, que en una semana me informan de dos conspiraciones con objetivos exactamente opuestos: Argentina favorecida por la FIFA; Argentina perjudicada por la FIFA.
Por supuesto no creí en ninguna de las dos. Ni cuando nuestro seleccionado le ganó a los ingleses, ni cuando el seleccionado fue derrotado por España. Nunca creí en las teorías conspirativas y mucho menos ahora. No es tan complicado. A los ingleses les ganamos porque jugamos mejor; con España perdimos porque ellos jugaron mejor.
II
El campeonato mundial terminó. Hay un campeón, hay un vicecampeón y, ya sabemos, Inglaterra salió tercera y Francia cuarta. Mucho más para decir no hay porque ya se ha dicho todo. Dentro de cuatro años seguimos conversando.
Más difícil de dejar pasar por alto es esta suerte de obsesión de algunos dirigentes deportivos, políticos e intelectuales de algunos países en calificar, o descalificar, a Argentina de país racista. Así como se oye: somos racistas. No hay matices, no hay variables: todos los argentinos somos racistas.
Una de las pruebas que legitima esta afirmación es que en el seleccionado nacional no hay jugadores negros. Prueba irrefutable. No hay negros en el fútbol argentino porque hemos prohibido terminantemente su presencia. El fútbol es deporte de blancos y si es posible de cabellos rubios y ojos claros.
Una vibrante historia para movilizarse a favor de una causa justa como es la lucha contra el racismo. Una vibrante historia, lástima que no sea cierta. Lástima que no está inspirada en objetivos de justicia sino en la más sucia mala fe cuando no la más absoluta ignorancia.
III
¿Hay o no hay racismo en Argentina? Lo hay como en cualquier país del mundo. Dicho esto agrego que los porcentajes de racismo en estos pagos son los más bajos del mundo. Esto deberían saberlo los yanquis que asesinaron y discriminaron a cientos de miles de personas por el color de su piel. Por temas como estos marcharon a una guerra civil donde murieron cerca de 800.000 soldados.
Cien años después en muchos estados continúan discriminando, cuando no matando, a personas por el solo delito de poseer un color de piel que a los caballeros rubios y protestantes no les agrada. Ninguna de esas experiencias ocurrieron en nuestro país. Por lo menos con esos niveles de violencia y amparados por leyes que justificaban esa violencia.
Lo que digo de Estados Unidos lo digo de Francia, en donde uno de sus partidos mayoritarios, el Frente Nacional, no disimula sus pulsiones racistas contra negros, judíos, musulmanes y asiáticos. No creo que los ingleses puedan darnos lecciones de integración y tolerancia. Alan Turing no necesitó ser negro o amarillo para ser discriminado.
Una de las inteligencias más brillantes del Reino Unido fue castrado y acorralado hasta el suicidio por su opción sexual.
IV
El racismo parece ser una de las perversiones de la condición humana. En todos los países hay racismo, pero lo que distingue a un país de otro son dos cuestiones: los mayores o menores porcentajes y la ausencia o presencia de una legislación que en nombre del estado discrimina, persigue y mata. En Argentina se enseña en los más simples textos escolares que en 1813 se inicia la lucha contra la esclavitud.
Libertad de vientres en principio y luego abolición lisa y llana, mientras en Brasil -por ejemplo- la esclavitud se mantuvo oficialmente vigente casi hasta fines del siglo XIX. En Argentina hubo una población negra numerosa. En algún momento, pienso en 1840, por ejemplo, en la ciudad de Buenos Airers un tercio de la población era de color o negra o como mejor quieran llamarla.
No sé si los vecinos del Río de la Plata eran más buenos que los portugueses, pero lo seguro es que estructuralmente en estos pagos no hubo economía de plantación que reclamaba mano de obra esclava y particularmente negra, traída en barcos desde África y sometidos a las más crueles humillaciones.
En el Buenos Aires colonial y posterior a la emancipación de 1810, los negros eran esclavos, seguramente eran sometidos a diversas modalidades de explotación, pero hay un amplio consenso en los historiadores en admitir que el trato -comparado con el de Brasil, Centroamérica, Estados Unidos- era decididamente más benigno, tan benigno que los negros de Brasil huían para llegar a Buenos Aires porque sabían que el trato era diferente.
V
Una aclaración importa. En Argentina el racismo nunca fue estatal -el peor de los racismos, el más duro- y su rasgo histórico más distintivo fue el de un país abierto "a todos los hombres de buena voluntad". Ya en 1820 hay sufragio universal, en 1853 se deroga definitivamente la esclavitud y se declara la libertad religiosa.
Por supuesto que hubo episodios de discriminación, pero no se registran episodios de persecución a grupos sociales por la pertenencia a una raza o a una religión. Un tema singular fue el de los indios. Las campañas al desierto, la de 1821, 1833 o 1889 fueron duras, pero en todos los casos fueron compensadas por acuerdos que en muchos casos se cumplieron.
La cuestión "del indio" o de "los pueblos originarios" es una deuda histórica moral pendiente, pero no son los yanquis o los colonialistas ingleses, franceses, o, por que no, los españoles expertos en expulsar moros y judíos con tribunales de inquisición incluidos, los más autorizados para reprocharnos faltas del siglo XIX.
VI
Lo cierto es que en Argentina no hay negros en la selección de fútbol porque sencillamente la población "negra" representa menos del uno por ciento de la población. Sí hubo jugadores cuya herencia mestiza era evidente. Pero también integran la selección descendientes de trabajadores italianos y españoles. No hay negros en la selección argentina, pero tampoco hay judíos o árabes.
Y esa ausencia en todos los casos no proviene del racismo o la exclusión religiosa. No le demos más vuelta al asunto. En Argentina hay muchos problemas, hay muchas injusticias. Se nos reprocha ser arrogantes, fanfarrones, prepotentes, burlones. Puede ser, pero el racismo no es el rasgo que nos define.
Una anécdota que tiene de protagonista a ese hombre lúcido, valiente y atormentado que fue Leandro Alem. Por esas vueltas de la política estuvo un tiempo agregado a la embajada argentina en Brasil. Un día, caminando por una de las calles de Río de Janeiro escucha los lamentos de un hombre. Se acerca y observa que se trata de un negro sometido a los latigazos de su amo.
Alem interviene violando todas las reglas de la diplomacia. Sopapea al amo y lo traslada al negro a la embajada Argentina. Por supuesto, se armó un bochinche político grande. Alem no se retractó ni pidió disculpas. Se quedó sin cargo diplomático, pero aclaró cada vez que se lo preguntaron que él jamas consentiría la esclavitud no importa el país en el que estuviera.
VII
Una cuestión conceptual que sí merece atenderse. En Argentina no hay racismo pero hay clasismo, como corresponde a cualquier sociedad dividida en clases. Dicho de manera ligera: en cualquier país del mundo un negro rico, un árabe millonario o un indio con fortuna no es discriminado, todo lo contrario.
El racismo dispone de su propia lógica interna, pero fundamentalmente está condicionado por la condición de "clase social". Los negros o indios o musulmanes perseguidos son en su inmensa mayoría pobres o indigentes. La discriminación racial suele ser un añadido a la explotación clasista y a la cultura clasista.
Pero incluso en este tema, importa decir que a la hora de las comparaciones y más allá de nuestras desdichas cotidianas, históricamente Argentina ha sido un país que exhibe los niveles más altos de integración.
En nuestras ciudades alguien puede ser asesinado por venganza, por dinero o por pasiones, pero a diferencia de muchos de los países cuyos distinguidos voceros nos critican no se registra en nuestra patria que alguien sea asesinado por el color de su piel o por los dogmas de su fe.





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