Con la serenidad que concede el paso del tiempo, evoco la figura de aquel hombre que la ciudad insistió en llamar "el gran impostor". Lo recuerdo caminando con paso discreto por calles que, en parte, él mismo había imaginado. Tenía esa mirada clara que suele acompañar a quienes viven demasiado tiempo dentro de sus pensamientos. Una tarde lo observé avanzar con un cuaderno bajo el brazo.



































