La Municipalidad de Santa Fe encuestó recientemente a 60 docentes que se desempeñan en 52 escuelas diferentes. La consulta arrojó un resultado preocupante: 9 de cada 10 maestros reconocieron que son testigos de algún caso de bullying entre sus alumnos, mientras que 8 de cada 10 aseguraron que jamás recibieron la formación adecuada para saber cómo enfrentar esta problemática.
Se denomina bullying al acoso, la violencia o el hostigamiento físico o psicológico que numerosos niños y adolescentes sufren de parte de sus pares. Aunque muchos padres no lo saben, sus hijos en la escuela pueden estar siendo víctimas de una situación realmente dolorosa o, quizá, sean ellos quienes agredan a alguno de sus compañeros. El fenómeno no es nuevo. Sin embargo, durante los últimos años los casos alcanzaron un nivel de crueldad realmente preocupantes, lo que se vio potenciado a partir de la aparición de las redes sociales. De hecho, a nivel mundial trascendieron historias en donde las víctimas del bullying llegaron a tomar la drástica decisión del suicidio. Los especialistas coinciden en que gran parte de la problemática radica en la relación entre los chicos y sus padres, dentro del seno familiar. Por lo general, quienes terminan agrediendo sistemáticamente a algunos de sus compañeros son chicos pertenecientes a familias donde no existe el diálogo, ni las muestras de afecto. En otros casos, provienen de grupos familiares donde impera la violencia. No siempre resulta sencillo detectar este tipo de situaciones. Las víctimas del acoso y las agresiones de parte de sus pares, suelen ocultar lo que sucede. Lo hacen por temor a las represalias. Se sienten inseguros. Se encierran en sí mismos, en un círculo de angustia y dolor que para algunos suele tornarse insoportable. Los especialistas recomiendan a los padres que estén atentos a ciertos síntomas. Por ejemplo, si sus hijos se niegan a hablar de lo que sucede en la escuela o si lo hacen evitando dar demasiados detalles, tal vez estén ocultando una situación de hostigamiento. Tampoco es fácil detectar a los agresores. En muchos casos, se trata de niños o adolescentes que muestran conductas absolutamente diferentes en sus hogares y en su escuela. Suele ocurrir que, frente a sus padres, se comporten de manera respetuosa y amable, pero se transforman drásticamente cuando se encuentran entre pares. Los docentes suelen ser testigos directos de este tipo de situaciones. Sin embargo, por lo general no han recibido la capacitación adecuada para saber de qué manera reaccionar. Pero no es éste el único problema. Lo primero que hace un maestro frente a la problemática es tratar de interceder entre los alumnos agresores y el alumno agredido. Como segundo paso, les queda la posibilidad de contactarse con los padres para ponerlos al tanto de lo que ocurre. Es en este punto donde suelen aparecer otros inconvenientes, pues en muchos casos los padres terminan protegiendo a sus hijos agresores y poniendo en duda el relato de los maestros. Los casos de docentes agredidos por padres de sus alumnos -y por los mismos estudiantes- se multiplican de una manera alarmante. Frente a estos fenómenos y más allá de algunos tibios intentos, no se percibe que hasta el momento existan políticas claras desde el Estado para formar a los docentes y afrontar de manera adecuada una problemática que se agrava con el paso del tiempo.