Me siento emperador del sol. No hay corte ni estandartes: apenas la vibración templada de una mañana que esconde su origen en una claraboya invisible. Camino, bailo, floto. La ciudad se despliega como un mantel recién sacudido: las migas de luz caen sobre el pavimento, los cables ceden una cuerda mínima donde el día afina su instrumento. Un gato negro cruza, deja en el aire el roce de su columna. Un toldo respira. El asfalto conserva marcas de lloviznas viejas. Y yo avanzo, ligero, sin la urgencia de los que calculan destinos. No sé quiénes son los que me rodean; tampoco sé con precisión quién soy. La pregunta, hoy, pesa menos que la sombra de una pluma.




































