I
I
Una semana que intenta parecerse a una suerte de antesala en el infierno. Y este aquelarre se despliega unos días antes de las elecciones. ¿Casualidad o causalidad? No soy amigo de las teorías conspirativas, pero también me esfuerzo en no ser tonto. No me consta que una mano negra trame este infiernillo, pero resulta evidente que algunos tratan de beneficiarse u obtener réditos políticos. Recapitulemos: una nena de once años asesinada en Lanús cuando ingresa a la escuela. Once años. ¡Hay que ser hijos de puta! Por un celular que luego revenden a 20.000 pesos. La vida de Morena por 20.000 pesos. ¿Un episodio policial? Seguro, pero es algo más que un episodio policial. Es la expresión, el reflejo, la consecuencia de una realidad que de manera lenta pero implacable se va extendiendo como un tumor por la geografía política de un país. Como contrapunto, digamos que la sociedad entera se indignó por esta muerte. En México, en Colombia, en Ecuador o en Honduras, se mata con más frecuencia y más crueldad, y las sociedades y los dispositivos de justicia no reaccionan. No solo la gente expresó su congoja y su ira por lo sucedido; también lo hicieron periodistas y políticos. Nadie fue indiferente. Y algo más hay que destacar: los asesinos fueron detenidos en menos de 24 horas. El mismo sistema que más de una vez practica el juego perverso de la "puerta giratoria", dispone de reservas institucionales para investigar y encarcelar a los asesinos. Todo debe decirse
II
Hubo malas noticias esta semana. Demasiadas. Asesinaron a un médico ejemplar para robarle el auto; ejecutaron a un maestro para saquear su casa. Es mucho. Inseguridad, miedo, dolor, bronca. Algunas diferencias, de todos modos, es importante establecer. Esta semana murió en la zona del obelisco porteño, y como consecuencia de un paro cardíaco, Facundo Molares, un manifestante que pregonaba el sabotaje a las elecciones. Los muchachos estaban entusiasmados, ejerciendo su derecho a oponerse a las urnas. Tan entusiasmados estaban, que decidieron incendiar una urna gigante como testimonio de su rechazo a ese perverso mueble de la derecha que, oh casualidad, la ultraderecha rechaza con parecido entusiasmo. A la policía represiva de Horacio Rodríguez Larreta se le ocurrió intervenir para evitar que levanten una fogata al lado del obelisco en el horario de mayor tránsito de autos y gente. ¡Para qué! Empezaron con los palos y para completarla le arrojaron alcohol de quemar a los policías. Parece que los verdugos uniformados no aceptaron ser convertidos en teas humanas y se les ocurrió detener a cinco o seis de los incendiarios más entusiastas. Facundo Molares fue reducido por la policía con cuatro de sus compañeros y le dio un infarto. Fue comandante de las FARC colombianas, donde se distinguió por el secuestro de un concejal. Decidido a ser algo así como un Che Guevara siglo XXI, estuvo luchando en Bolivia. Allí lo hirieron y estuvo unos meses en estado de coma; después padeció una insuficiencia renal y complicaciones cardíacas. Destaco sus antecedentes políticos porque son reales y él estaba orgulloso de ellos; señalo sus problemas de salud para explicar lo que pudo haber pasado en el obelisco este jueves. No sé si la ideología de Molares estaba desgastada, pero a juzgar por su historia clínica su salud estaba muy deteriorada. Habrá que investigar. Más allá de los antecedentes o las conductas de Molares, la muerte de una persona como consecuencia de la intervención de una institución estatal debe investigarse, pero al margen de lo que establezcan los forenses y la propia justicia, lo que sabemos es que Molares no fue asesinado por el imperialismo, la CIA o la oligarquía; murió por las debilidades de su salud en el escenario de un conflicto desatado por él y sus compañeritos. La izquierda y los kirchneristas dirán que es un mártir o una víctima. Yo no lo creo. Si de víctimas y mártires hay que dar nombres, esos nombres son los de Morena Domínguez, el médico Juan Carlos Cruz y el docente Nelson Peralta. Insisto: a Molares lo traicionó su salud y no hay indicios de que Rodríguez Larreta haya ordenado asesinarlo; o que la policía, para ejercer sus dotes sádicas, le haya quitado la vida. Reclamar por la muerte de Morena es un acto humanitario de justicia; poner en el mismo nivel la muerte de Molares, es un acto miserable de manipulación política.
III
Hubo otros altercados políticos en la semana. En Mar del Plata, manifestantes de esa suerte de alhóndiga ideológica de izquierda y populismo que expresa a nuestra rebeldía social, intentaron incendiar la municipalidad. Algo parecido quisieron hacer en Jujuy hace una semanas para defender a Milagro Sala. Pareciera que la gimnasia inaugurada arrojando toneladas de piedras contra el Congreso se ha extendido, es el emblema de lucha de nuestros precipitados y atolondrados rebeldes. ¿Suponen que los impactos de las piedras sobre cristales de edificios públicos o las hogueras levantadas para incendiar instituciones, darán luz a una sociedad más justa? ¿Creen en el estallido social espontáneo que iniciará la revolución social como en Moscú y Petrogrado en 1917? ¿Imaginan algo así como un disparatado 17 de Octubre o una lúgubre marcha sobre Roma? No lo sé, pero todo es posible en este clima de alienación ideológica, mala fe y perversidad política. No sé cómo viven un izquierdista o un populista de izquierda estas jornadas. Supongo que para ellos ya está todo decidido: a Molares lo asesinó la policía de Rodríguez Larreta y punto. Les da lo mismo que los forenses digan lo mismo o lo contrario. Los que deciden qué es justo o injusto son ellos. No sé si la muerte de Molares los alegra, pero sí estoy seguro que justifica todos sus devaneos ideológicos: el capitalismo es deliberadamente criminal, el neoliberalismo como una bestia insaciable reclama sangre, y esta muerte justifica "nuestras sesudas intuiciones científicas".
IV
Digamos que un tema es la alienación y el fanatismo integrista de la izquierda, y otro diferente es el oportunismo cínico de los operadores políticos del régimen peronista cuando contemplando este espectáculo dantesco se preguntan con toda la mala leche que son capaces de ordeñar, si es oportuno votar este domingo. Como diría tío Colacho: "Te conozco Mascarita". Aníbal Fernández, que no dijo una palabra de solidaridad, de afecto por la muerte de la niña Morena, que con la prepotencia de un matón enfrentó a los periodistas diciendo que el tema no era de su competencia, ahora se manifestaba insólitamente competente para enjuiciar a la policía porteña. Maravilloso. De pronto, el ministro que se distingue por decir que nunca tiene nada que ver con nada, que Rosario no es de su competencia, que la Patagonia no es de su competencia, que la muerte de Morena no es de su competencia, ahora se declara competente para enjuiciar la muerte de Molares. El paso de los años al ministro Morsa lo perfeccionan. Detalles más, detalles menos, dos ministros del poder nacional ponen en duda la convocatoria electoral del domingo. Y el presidente, Massa y Cristina no dicen una palabra ¿Tan seguro están de que van a perder por paliza que recurren a estas mañas de tahúres?




