Acarreaban arcones, cajas, barriles, tinas, baldes, bolsas, cestas, aperos de labranza: azadas, picos, hachas, palas, hoces, arados de mancera o esteva, luego con rueda, asiento y vertedera, traccionados por personas y después por animales y herramientas para carpintería y herrería, utensilios de cocina, tablas para cortar repollos -que hacían fermentar-, pailas para cocer dulces. Transportaban víveres entregados por los fletadores en raciones para adultos o niños. Traían la Biblia, por su hondable catolicidad. En baúles, el traje de novia, era costumbre llevarlo a la tumba, negros hasta 1920 simbolizando fertilidad, solemnidad y distinción; después blancos, de pureza y virginidad. Vestían telas baratas de algodón y las prendas de todos los días se usaban hasta dejarlas hechas jirones, luego remendadas y trizas por desgaste, vueltas a remendar. Ropas domingueras, en ocasiones especiales"…lucía su delantal con dignidad y decoro, / por él sin mancha llevaba la ropa que se ponía / y la cara se aventaba cuando más calor hacía / y doblaba el delantal y allí todo lo metía". Fue agarradera, secó lágrimas, limpió caritas sucias, sirvió de refugio a la timidez de los niños ante visitas, con el frío entibiaba sus brazos en él, quitaba el polvo de los enseres, desde los pastizales transportaba huevos y pollitos después de seguir el cacareo de las aves. Recogía los frutos que caían de los árboles -naranjas, higos, duraznos-. Fue canasto para llevar verduras, hortalizas, legumbres y aromáticas desde la quinta (¿sabían que el sofisticado ciboulette era el cebollino de antaño?) y cuando se acercaba la hora de comer lo agitaba repetidamente y los hombres en los campos comprendían que el almuerzo estaba listo. "Y al recordar con nostalgia aquella imagen querida / aunque lejana en el tiempo / en mi mente aún está viva". (El delantal de la abuela, por Pepita Calles Crespo).