Con 22 años de docencia.
Con 22 años de docencia.
Hijo de directora, sobrino de supervisora, hermano de docente, primo de docente. Pareja docente. Y como frutilla del postre, una ex también docente. En mi familia no se preguntaba si ibas a dedicarte a la educación; se respiraba escuela en la sobremesa, en las reuniones, en las anécdotas que siempre terminaban hablando de alumnos.
Durante años creí que la lucha estaba en la calle. Y lo creí de verdad.
Fui delegado de mi escuela. Muchas veces opositor a las comisiones directivas. Vengo de un sector que en mis comienzos fue bastante castigado, donde lo gremial parecía no mirarnos demasiado. Y ahí estaba yo: joven, convencido, con más pasión que estrategia.
Mi carrera fue intensa. Siempre fui desordenado, pero impetuoso. Si surgía un proyecto con mis alumnos, dejaba todo ahí. Todo. Tiempo, energía, fines de semana, familia, amigos. “Vocación”, decían. Y yo me lo creía. Porque era cierto: enseñábamos con la sensación de que podíamos cambiarle el rumbo a alguien.
Con un grupo de colegas nos capacitábamos hasta el cansancio. Fue en ese camino donde apareció Internet. La curiosidad y una cuota saludable de caradurismo hicieron que nuestros trabajos empezaran a conocerse. Primero en la escuela. Después en la ciudad. Luego en la provincia. Más tarde en el país. Y hasta afuera. Descubrimos que la escuela pública podía ser innovadora, creativa, protagonista.
Pero con los años también cambian las miradas.
Esa lucha callejera que alguna vez sentí imprescindible empezó a resultarme repetitiva. Cada inicio de ciclo lectivo era un déja vu: paritarias, mociones, paros, días sin clases… y finalmente aceptación de la propuesta. El gremio justificaba. El gobierno hacía malabares para cumplir los 180 días. Y en el medio quedaban los chicos, que son siempre los que no opinan en la asamblea.
No reniego de esa etapa. Me formó. Me dio carácter. Me dio voz.
Pero crecer también es revisar.
Mi trabajo docente me permitió asumir otros compromisos. Siempre vinculados a la educación. En la escuela y fuera de ella. En asociaciones civiles, en proyectos comunitarios, en espacios donde educar es mucho más que dar contenidos: es acompañar, es incluir, es sostener.
Por eso hoy, cuando expreso mi posición, no lo hago desde la comodidad ni desde el cálculo. Lo hago desde mi recorrido.
Creo en la política de asistencia perfecta, que puso en el centro la regularidad y la responsabilidad docente, y que mostró datos concretos de mejora en la continuidad escolar.
Y también siento que como docentes tenemos que hacer un mea culpa sincera. Durante los últimos años, el ausentismo fue un problema real dentro del sistema. No fue solo una percepción: era algo que se veía en las escuelas, en la discontinuidad de las clases, en la rotación constante de suplentes, en los chicos preguntando quién venía hoy. Con la implementación del programa Asistencia Perfecta, los datos oficiales mostraron un cambio concreto: en 2024 y 2025 más de 64.000 docentes y asistentes escolares accedieron al incentivo mensual por asistencia, más de 50.000 no registraron ninguna inasistencia en el período evaluado y alrededor de 15.000 lograron completar el ciclo lectivo completo sin faltar un solo día. Esos números no son fríos: significan aulas abiertas, continuidad pedagógica, vínculos que no se cortan.
No se trata de señalar culpables, sino de asumir que cuando mejoramos nuestra presencia, el impacto es inmediato. Y el primero que lo nota no es el gobierno ni el gremio: es el alumno que tiene a su maestro todos los días frente a él.
Creo en el Plan Mil Aulas, que no es un slogan sino obras visibles, escuelas ampliadas, espacios reales para que los chicos y docentes estén mejor.
Creo en la decisión de garantizar los 180 días de clase como piso irrenunciable.
Creo en la inversión en infraestructura escolar, en edificios inaugurados y en construcción.
Creo en una gestión que, con aciertos y errores, puso el foco en ordenar el sistema educativo y recuperar previsibilidad.
Creo en discutir salario, sí, pero también en discutir calidad, evaluación, formación y resultados.
No soy ingenuo. Sé que falta mucho.
Pero también sé reconocer cuando hay voluntad política de cambiar inercias que durante años naturalizamos.
Cuento todo esto porque quiero mostrar mi ruta.
Por eso, desde mi experiencia y con la humildad, hoy estoy convencido de algo: los reclamos son legítimos, las negociaciones son necesarias, la discusión salarial es válida … pero el límite son los chicos en las escuelas. No podemos convertirlos en variable de presión ni en daño colateral de nuestras disputas. La educación se defiende enseñando. Se discute con firmeza, sí, pero sin apagar el aula. Porque cuando la escuela se cierra, el que pierde primero no es el gobierno ni el gremio: es el alumno. Y para mí, ahí está la línea que no se cruza.




