Los que disfrutamos los deportes extremos —escalamos paredes de hielo y roca, hacemos alpinismo o nos metemos al agua a intentar domar el viento— miramos la vida y la muerte desde otra perspectiva. Quienes "evitan riesgos" mientras esperan su infarto cómodamente sentados en la oficina o frente a la tele son los primeros en criticar a los que nos atrevemos a vivir intensamente. Siempre le digo a mis hijos que si pudiera elegir, preferiría morir congelado en una cumbre antes que agonizar día tras día en una cama de hospital. Y también les digo que no piensen cuánto sufrí en esos últimos minutos, sino que entiendan que ese corto padecimiento es el precio casi inevitable por haber vivido a fondo, gozando al máximo cada una de mis pasiones durante años y años.