Todavía no había gallo que cantara y ya en aquella casa alguien se alistaba para salir. Las sombras de la madrugada se mezclaban con el vapor del agua tibia en un jarrito, con el hervor breve de la pava y el perfume del café que apenas alcanzaba a humedecer los labios. Luego venían esos pasos, ni muchos ni pocos, los justos: veinticinco o treinta hasta alcanzar la vereda. Un recorrido humilde y cotidiano que, repetido cada día, se volvía la estampa de una voluntad inquebrantable.


































